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sábado, diciembre 26, 2009
2.0
martes, marzo 24, 2009
sábado, febrero 21, 2009
jueves, enero 10, 2008
El ruido de la soledad
A mi alrededor el ruido raspa, desorienta. A través de la ventana un mundo básico camina contra el viento sur.
Alguien me mira.
Alguien me mira.
miércoles, julio 18, 2007
El miserable (parte II)
El miserable camina con la cabeza baja, mirando el piso pero no el suficiente tiempo como para no medir el movimiento de los demás; ese que puede hacerlo retroceder en la carrera.
El miserable, por cierto, corre una carrera miserable. Los que luchan no compiten. Compiten los que lloran el llanto de la lástima. El miserable acepta y no piensa, construye demoliendo, te come la última porción.
El miserable habla bajito para llamar la atención, te ronronea como un gato gris, pone el lomo para que le rasquen.
Tengo un espejo enfrente: el miserable está detrás de nosotros.
Y ataca por la espalda.
El miserable, por cierto, corre una carrera miserable. Los que luchan no compiten. Compiten los que lloran el llanto de la lástima. El miserable acepta y no piensa, construye demoliendo, te come la última porción.
El miserable habla bajito para llamar la atención, te ronronea como un gato gris, pone el lomo para que le rasquen.
Tengo un espejo enfrente: el miserable está detrás de nosotros.
Y ataca por la espalda.
domingo, febrero 25, 2007
Pulsión*
Adentro, adentro de mis oídos, el pianista imagina una escena indescifrable con una melodía dispar. Son sollozos ancestrales, el rito de una tribu alrededor del fuego, el impacto de las alas que sólo escucha el pájaro en vuelo, un gemido de mujer, los pasos de alguien en la oscuridad.
Cuando el pianista toca triste el agua explota en el asfalto, se estrella en los árboles y en las ventanas, percute las chapas de los cielos pobres. El balde que alguien olvidó en el patio está por rebalsar; una gota por cada pulsación.
Una larga sucesión de acordes moja la madre tierra. Cada vez que mueve un dedo el pianista, cada vez que llora, salgo a ver el cielo gris.
(El Sitio de la Nada recomienda fervientemente escuchar con atención la inmejorable y reciente obra del Mono Fontana: Cribas.)
* (Del lat. tardío pulsio, -onis).
1.f. En psicoanálisis, energía psíquica profunda que orienta el comportamiento hacia un fin y se descarga al conseguirlo.
Cuando el pianista toca triste el agua explota en el asfalto, se estrella en los árboles y en las ventanas, percute las chapas de los cielos pobres. El balde que alguien olvidó en el patio está por rebalsar; una gota por cada pulsación.
Una larga sucesión de acordes moja la madre tierra. Cada vez que mueve un dedo el pianista, cada vez que llora, salgo a ver el cielo gris.
(El Sitio de la Nada recomienda fervientemente escuchar con atención la inmejorable y reciente obra del Mono Fontana: Cribas.)
* (Del lat. tardío pulsio, -onis).
1.f. En psicoanálisis, energía psíquica profunda que orienta el comportamiento hacia un fin y se descarga al conseguirlo.
jueves, octubre 12, 2006
12 de Octubre
“Los indígenas fueron, al principio, derrotados por el asombro”
Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina
Veo el rojo en el calendario.
Es 12 de Octubre.
Así, con mayúscula,
como se escriben
las “fechas importantes”.
Veo que como es 12 de Octubre
los chicos
no van a ir a la escuela,
los otros
van a ir a Punta,
veo a una Buenos Aires
de domingo un lunes
y pienso,
mejor dicho,
me doy cuenta.
Veo que, al fin y al cabo,
ni siquiera el 12 es el 12:
es el 16, el 14
y en cualquier momento
será el 22.
Entonces
abro la boca para decir algo
pero la tengo llena de palabras
como hormigas.
Las palabras,
en realidad,
se me caen,
algunas vuelan de mi boca
en silencio.
Veo el rojo
(rojo sangre)
en el calendario
y pienso en el Día de la Raza.
Pienso:
el Día de la Raza es racismo,
abuso,
es robo,
opresión,
injusticia
barbarie,
explotación,
piratería.
Es genocidio y ruinas
en nombre del Padre,
del Hijo
del Espíritu Santo,
amén
(la mentira,
la mala educación).
El Día de la Raza son
cinco siglos
de tiempo perdido:
el fin
del futuro,
antes del pasado.
Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina
Veo el rojo en el calendario.
Es 12 de Octubre.
Así, con mayúscula,
como se escriben
las “fechas importantes”.
Veo que como es 12 de Octubre
los chicos
no van a ir a la escuela,
los otros
van a ir a Punta,
veo a una Buenos Aires
de domingo un lunes
y pienso,
mejor dicho,
me doy cuenta.
Veo que, al fin y al cabo,
ni siquiera el 12 es el 12:
es el 16, el 14
y en cualquier momento
será el 22.
Entonces
abro la boca para decir algo
pero la tengo llena de palabras
como hormigas.
Las palabras,
en realidad,
se me caen,
algunas vuelan de mi boca
en silencio.
Veo el rojo
(rojo sangre)
en el calendario
y pienso en el Día de la Raza.
Pienso:
el Día de la Raza es racismo,
abuso,
es robo,
opresión,
injusticia
barbarie,
explotación,
piratería.
Es genocidio y ruinas
en nombre del Padre,
del Hijo
del Espíritu Santo,
amén
(la mentira,
la mala educación).
El Día de la Raza son
cinco siglos
de tiempo perdido:
el fin
del futuro,
antes del pasado.
martes, octubre 10, 2006
Hombre joven
Por año,
234 días tomo decisiones equivocadas
181 días siento a la muerte detrás de mí
206 días escucho una canción de John Lennon (y a veces lloro)
54 días le sonrío a un desconocido,
129 días huelo el aroma a edificio gris de mi escuela secundaria
99 días me río demasiado pero no lo suficiente
362 pienso en ella
De cada día,
5 horas sé que no sé ser feliz
20 me da escalofrío entender que los mataron,
Y en las mismas me pregunto qué quiere decir terror.
1 hora estoy loco
8 horas quiero golpear a mi jefe
Media hora no logro imaginarme de anciano
11 horas sospecho que no habrá paz
A cada
segundo
tengo
la certeza
de no
saber
quién
soy.
234 días tomo decisiones equivocadas
181 días siento a la muerte detrás de mí
206 días escucho una canción de John Lennon (y a veces lloro)
54 días le sonrío a un desconocido,
129 días huelo el aroma a edificio gris de mi escuela secundaria
99 días me río demasiado pero no lo suficiente
362 pienso en ella
De cada día,
5 horas sé que no sé ser feliz
20 me da escalofrío entender que los mataron,
Y en las mismas me pregunto qué quiere decir terror.
1 hora estoy loco
8 horas quiero golpear a mi jefe
Media hora no logro imaginarme de anciano
11 horas sospecho que no habrá paz
A cada
segundo
tengo
la certeza
de no
saber
quién
soy.
martes, agosto 01, 2006
Ollantaytambo
Escucho el quejido de la tierra
y me agacho hasta su vientre,
donde permanece aquel olor
nacido de tus dioses olvidados.
Vivo de momentos como este;
ahogado por una luz imperturbable,
seducido por la irrealidad del renacer.
Son tiempos estoicos,
de revanchas condenadas
al fracaso entre los héroes.
y me agacho hasta su vientre,
donde permanece aquel olor
nacido de tus dioses olvidados.
Vivo de momentos como este;
ahogado por una luz imperturbable,
seducido por la irrealidad del renacer.
Son tiempos estoicos,
de revanchas condenadas
al fracaso entre los héroes.
martes, junio 20, 2006
Te miran, luz

Son dos rostros unidos por la historia, dos miradas atraidas por una luz alta, impredecible, en el fondo de un río sagrado lleno de estrellas .
¿Será un viaje hasta las ruinas del recuerdo?
"No, van por un camino que lleva hacia atrás, al lugar donde una vez hubo sonrisas", me habló al oído un niño de arrugas profundas.
Quizá --pensé mientras los veía andar-- busquen el día en que otra bandera, menos inquisitiva, se plante de cara al sol, rindiéndole tributo a su sangre derramada.
(foto tomada en los arlededores del Cusco, abril 06)
miércoles, octubre 12, 2005
Morí sin morir
Es una catarata mental indescriptible, voraz, que te hace sentir perdido, aturdido por tu propia voz sorda. Un instante en el que las imágenes de tu vida se suceden en tu cabeza con un vértigo lisérgico. Lo que te pasa está ahí, en tu mente. Pero es ingobernable. Entonces dejás de ser tu propio dueño; te transformás en un elemental espectador del golpe de estado con el que te traiciona la cabeza.El aire deja de existir de repente. Las inhalaciones en busca de oxígeno se ha-cen cada vez más frecuentes. Aj, aj, aj, aj, aj, aj. Sale aire pero no entra nada. No hay más, por más grande que abras la boca, por más fuerza que hagas con la garganta. Empezás transpirar como un hijo de puta. Y tenés ganas de vomitar. Te preguntás qué pasa. Te estás volviendo loco, eso sentís.Y tu cuerpo te responde de manera estremecedora.Al principio son los músculos de la cara los que se duermen. Miles de hormigas que te caminan por los pómulos, los labios, en la frente y en los párpados hasta anu-larte la sensibilidad. En un instante ese calambre empieza a bajar y te atrapa el tronco, que se comprime, y también las piernas. Mientras que te ahogás, la sensación llega a los brazos. Ya ni siquiera pensás en vomitar. Llorás, sólo llorás, porque ahora creés entender qué te está pasando. El cuerpo está dormido y no tenés aire, lo que sentís es que no sentís nada. Tanto, que tus manos –también ajenas a tus órdenes-- empiezan a entumecerse; se me-ten para adentro. Y ves que los dedos se doblan como las ramas de un árbol viejo, for-zando al máximo cada una de sus articulaciones. Y también las muñecas; no hay límite, se vuelven tan adentro de sí mismas que las uñas tocan el mismo brazo. Nada te duele en tu cuerpo, tal vez lastiman las causas, ese abandono inesperado. Te estás muriendo, creés que lo sabés.
Dicen que el alma no está en ningún lugar. No sería capaz de decir dónde, pero sé que está por el tórax, muy cerca del corazón tal vez. Cuando se te va el aire, también se te muere el alma. Es un infarto. Eso es. Todo es tan rápido.
Dicen que el alma no está en ningún lugar. No sería capaz de decir dónde, pero sé que está por el tórax, muy cerca del corazón tal vez. Cuando se te va el aire, también se te muere el alma. Es un infarto. Eso es. Todo es tan rápido.
martes, julio 12, 2005
YO (no tan breve introducción al autor)
1. ¿Hablar de qué? ¿De mí? ¿Yo? ¿De mí? Linda trampa me preparé a mí mismo para el arranque. Un patadón certero al testículo del escritor: su vanidad. Es que hablo todo el tiempo de mí sin hablar: firmo mis notas en el diario donde trabajo, lleno de adjetivos inmaduros textos que cuentan cosas que ni siquiera merecen la pena y, cuando la fortuna me roza con su pelo grasoso, también las que la valen. Y es en gran parte para que me lean. Que quien apunte con sus ojos hacía allí sepa que esas líneas sólo las podría haber “creado” yo. Y no otro. Ingenuamente: estilo. No logro despegarme de mí cuando escribo y tampoco hago periodismo. Pero no puedo sentarme a escribir sobre mí. Imposible. Lo siento.
2. “Si la realidad es precisa, la memoria no lo es”, leí de Borges. Y me río solo. El tiempo se deslizó de maneras misteriosas y hoy de repente soy Periodista. ¿Cómo carajo llegué acá si en mi familia son todos contadores? Pongo un disco de Spinetta, enciendo un porro y me acuesto. Me levanto. Secuestro una Coca Cola de la heladera y la traigo conmigo a la cama. Acostado otra vez busco el techo pero no lo encuentro; están dando una película. Me veo a mí de muy pendejo. Leyendo tirado en mi cama, hundido en el medio del colchón vencido. Ahí estoy ayer, ensuciándome los dedos con la tinta del diario que hoy me paga el alquiler pero me debe algunas, atrapado en la Conozca Más (sobre todo en las Crónicas Diarias de la última página escritas por ¡Víctor Sueiro!), metido en El Gráfico, que llegaba puntual a la peluquería de mis tíos. Manoseando la Gente (la otra Gente, al menos). El tiempo pega saltos y vuelvo; ahí estoy, de mañana, alegrándome porque estar enfermo tiene dos gratas consecuencias: faltar a la escuela y que me compren la Billiken. Sigo revolviendo entre mis duendes y en esta película de colores tímidos también pasan algo de los sábados a la tarde de baby fútbol. Ganáramos o perdiéramos con mi equipo, Esperanza de Sarandí, la vuelta a casa en el auto de mi viejo mezclaba a los Beatles en cassette con el silencio propio y deliberado. Atravesaba la ciudad a bordo de un 504 imaginando la tapa de El Gráfico: el título que pondrían el martes, la foto ¿la mía o la de Chispita Montoya, que la rompió otra vez? Ahora también me pregunto dónde estará aquella carpeta hecha mi propia revista, armada de recortes de revistas de verdad. La debe de haber tirado mi vieja. Un poco más acá en el tiempo, el techo se llena menos. Pero me cruzo con la radio que la directora de la Escuela primaria 18 me pidió que hiciera, Radio Recreo, y que todavía existe (el impensado éxito le regaló un estudio de verdad que viene a reemplazar a la húmeda mapoteca donde me escondía para transmitir). No la veo, y entonces me tropiezo con mi indiferencia ante cualquier manifestación humana en una secundaria de mierda. Amonestaciones, actitudes fascistas de un colegio católico y su espacio de expresión libertina: la revista “Es-Pío” (por Pío XII), que negué con total convencimiento y un poco de ignorancia. Sólo me prestaba de fuente confidencial para los amigos que llevaban adelante la sección de chismes (“Trascendidos”, se llamaba). Pero me borré enseguida, cuando me enteré de que, a partir del enojo de un par de niñas deschavadas y ofendidas, la Rectora leía todo antes de la publicación. Bueno, es que todavía creía en mí. Distingo a mis manos divertidas en ese cielorraso invisible, inventando historias un poco tontas cuando nos tocaba Redacción en el colegio. O incluso cuando me enfrenté a un test para entrar a laburar a Musimundo. “Cuente la historia de dos personas”, pretendía. Y yo conté el fracaso del vago rico y el éxito del laburante pobre. Me tomaron. Pero creo que igual no fue por eso.Veo pasar mi figura no mucho después, perdida en medio de la vida, errándole al futuro. Y luego reconociendo la derrota ante los dos o tres (incluido un psicólogo de test vocacional) que me habían dicho “Vos tenés que ser periodista”. Así que me anoté en DeporTea. “Periodista, ok. ¿Y qué más?”, me dijo mi viejo ese día, sin sacarle los ojos a la tele. No sabía por qué quería ser periodista (creo que aún no lo sé del todo). Creí descubrir luego que para contar lo que veía. También me di cuenta de que podía hacerlo. Pero cuando dejé Tea y empecé a trabajar en el diario (casi al mismo tiempo) entendí que lo que tenía eran ganas, aunque contar con la verdad como compañera para todo esto iba a ser un poco más difícil, era sólo un arma de seducción cínica de mis profesores, utópica para llevar a la práctica.
3. Hace apenas cinco años que me dedico al periodismo y ya estoy bastante desencantado con mi profesión. Pero no con la escritura; es lo que me queda. La realidad no existe. Yo no sé si puedo ser. Pero sigo intentando. ¿Por qué? Porque soy curioso, porque me gusta observar, husmear, porque apretar un teclado es como hacer el amor y yo no puedo aspirar a más que a pretender escribir algo lindo, que me dé placer. A cambiar aunque sea un gesto de quién lo lee (si le dijera la verdad sería mejor, lo sé, pero me conformo con el gesto). Sigo también porque no hay realidad pero sí movimiento. Y porque algún día seré feliz.
4. El disco de Spinetta terminó justo cuando empiezo a distinguir al techo diáfano. Tengo hambre de chocolate. Me levanto. Prendo la computadora. Escribo. Creo que me duelen los huevos.
2. “Si la realidad es precisa, la memoria no lo es”, leí de Borges. Y me río solo. El tiempo se deslizó de maneras misteriosas y hoy de repente soy Periodista. ¿Cómo carajo llegué acá si en mi familia son todos contadores? Pongo un disco de Spinetta, enciendo un porro y me acuesto. Me levanto. Secuestro una Coca Cola de la heladera y la traigo conmigo a la cama. Acostado otra vez busco el techo pero no lo encuentro; están dando una película. Me veo a mí de muy pendejo. Leyendo tirado en mi cama, hundido en el medio del colchón vencido. Ahí estoy ayer, ensuciándome los dedos con la tinta del diario que hoy me paga el alquiler pero me debe algunas, atrapado en la Conozca Más (sobre todo en las Crónicas Diarias de la última página escritas por ¡Víctor Sueiro!), metido en El Gráfico, que llegaba puntual a la peluquería de mis tíos. Manoseando la Gente (la otra Gente, al menos). El tiempo pega saltos y vuelvo; ahí estoy, de mañana, alegrándome porque estar enfermo tiene dos gratas consecuencias: faltar a la escuela y que me compren la Billiken. Sigo revolviendo entre mis duendes y en esta película de colores tímidos también pasan algo de los sábados a la tarde de baby fútbol. Ganáramos o perdiéramos con mi equipo, Esperanza de Sarandí, la vuelta a casa en el auto de mi viejo mezclaba a los Beatles en cassette con el silencio propio y deliberado. Atravesaba la ciudad a bordo de un 504 imaginando la tapa de El Gráfico: el título que pondrían el martes, la foto ¿la mía o la de Chispita Montoya, que la rompió otra vez? Ahora también me pregunto dónde estará aquella carpeta hecha mi propia revista, armada de recortes de revistas de verdad. La debe de haber tirado mi vieja. Un poco más acá en el tiempo, el techo se llena menos. Pero me cruzo con la radio que la directora de la Escuela primaria 18 me pidió que hiciera, Radio Recreo, y que todavía existe (el impensado éxito le regaló un estudio de verdad que viene a reemplazar a la húmeda mapoteca donde me escondía para transmitir). No la veo, y entonces me tropiezo con mi indiferencia ante cualquier manifestación humana en una secundaria de mierda. Amonestaciones, actitudes fascistas de un colegio católico y su espacio de expresión libertina: la revista “Es-Pío” (por Pío XII), que negué con total convencimiento y un poco de ignorancia. Sólo me prestaba de fuente confidencial para los amigos que llevaban adelante la sección de chismes (“Trascendidos”, se llamaba). Pero me borré enseguida, cuando me enteré de que, a partir del enojo de un par de niñas deschavadas y ofendidas, la Rectora leía todo antes de la publicación. Bueno, es que todavía creía en mí. Distingo a mis manos divertidas en ese cielorraso invisible, inventando historias un poco tontas cuando nos tocaba Redacción en el colegio. O incluso cuando me enfrenté a un test para entrar a laburar a Musimundo. “Cuente la historia de dos personas”, pretendía. Y yo conté el fracaso del vago rico y el éxito del laburante pobre. Me tomaron. Pero creo que igual no fue por eso.Veo pasar mi figura no mucho después, perdida en medio de la vida, errándole al futuro. Y luego reconociendo la derrota ante los dos o tres (incluido un psicólogo de test vocacional) que me habían dicho “Vos tenés que ser periodista”. Así que me anoté en DeporTea. “Periodista, ok. ¿Y qué más?”, me dijo mi viejo ese día, sin sacarle los ojos a la tele. No sabía por qué quería ser periodista (creo que aún no lo sé del todo). Creí descubrir luego que para contar lo que veía. También me di cuenta de que podía hacerlo. Pero cuando dejé Tea y empecé a trabajar en el diario (casi al mismo tiempo) entendí que lo que tenía eran ganas, aunque contar con la verdad como compañera para todo esto iba a ser un poco más difícil, era sólo un arma de seducción cínica de mis profesores, utópica para llevar a la práctica.
3. Hace apenas cinco años que me dedico al periodismo y ya estoy bastante desencantado con mi profesión. Pero no con la escritura; es lo que me queda. La realidad no existe. Yo no sé si puedo ser. Pero sigo intentando. ¿Por qué? Porque soy curioso, porque me gusta observar, husmear, porque apretar un teclado es como hacer el amor y yo no puedo aspirar a más que a pretender escribir algo lindo, que me dé placer. A cambiar aunque sea un gesto de quién lo lee (si le dijera la verdad sería mejor, lo sé, pero me conformo con el gesto). Sigo también porque no hay realidad pero sí movimiento. Y porque algún día seré feliz.
4. El disco de Spinetta terminó justo cuando empiezo a distinguir al techo diáfano. Tengo hambre de chocolate. Me levanto. Prendo la computadora. Escribo. Creo que me duelen los huevos.
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