Camino entre el absoluto desamparo de la distancia, las veo pasar y siento la paradoja de la felicidad.
Afuera, lo obvio: el frío, la lluvia. Otros signos.
Recorro el éxtasis estampado en el paso cebra de aquella melodía. Luego el llanto pobre: cuatro fotos en blanco y negro me miran sonrientes.
El descubrimiento, la culpa causan cierta compasión en la mirada ajena, cierta afinidad con el vacío. Yo me odio. Y me caigo a pedazos.
Siento la desesperada necesidad de algo familiar.
Un puente, tal vez.
Pero al final siempre son sólo dos cosas:
el recuerdo frío de la belleza, y lo otro.
viernes, mayo 09, 2008
miércoles, abril 23, 2008
viernes, abril 18, 2008
Aires por venir
Buenos Aires apocalíptica. Hace tres días que siento que camino en un ensayo sobre el futuro.
¿Es este el seco porvenir?
La realidad es ceniza flotando, impregnándose en los poros, tapándonos los ojos como un velo reseco.
¿Es este el seco porvenir?
La realidad es ceniza flotando, impregnándose en los poros, tapándonos los ojos como un velo reseco.
miércoles, abril 16, 2008
Enigma y soledad
"¡Es curiosa la vida... ese misterioso arreglo de lógica implacable con propósitos fútiles! Lo más que de ella se puede esperar es cierto conocimiento de uno mismo... que llega demasiado tarde... una cosecha de inextinguibles remordimientos. He luchado a brazo partido con la muerte. Es la contienda menos estimulante que podéis imaginar. Tiene lugar en un gris impalpable, sin nada bajo los pies, sin nada alrededor, sin espectadores, sin clamor, sin gloria, sin un gran deseo de victoria, sin un gran temor a la derrota, en una atmósfera enfermiza de tibio escepticismo, sin demasiada fe en los propios derechos, y aún menos en los del adversario. Si tal es la forma de la última sabiduría, la vida es un enigma mayor de lo que alguno de nosotros piensa".
"Vivimos como soñamos... solos".
"Vivimos como soñamos... solos".
Joseph Conrad. El corazón de las tinieblas (1899).
viernes, abril 04, 2008
Je suis Solita
Solita estudia francés. Se llama así, no es que le dicen. Se llama Solita pero no recuerdo su apellido. Decidió estudiar francés porque ya había hecho seis años de inglés y un profesor me dijo que si seguía me aburriría, cuenta con zezeo extraño, producto de sus brillosa dentadura postiza.
El cabello de Solita está rígido, tenso. Es probable que un rato antes de conocerla sus pelos hubieran recibido un baño de spray que los entumeció, cobrizos y ampulosos. Solita está bronceada, usa aros que parecen botones dorados.
Empieza la clase de francés y Solita enseguida habla de un cd que me va a servir para practicar la dicción, anuncia, reclama, como si hubiese estado toda la semana pensando en que no tenía que olvidar hablar de eso para que todos noten que es vieja, sí, pero sabe lo que es un cd.
Pregunta varias veces por el cd que no existe y la simpatía de la profesora abandona el aula para darle lugar al hastío. Otros reirían por dentro. Otros lamentarían el espectáculo.
Solita compró el libro aun antes de empezar a estudiarlo pero no llevó un cuaderno, así que andaba pidiendo hojas a los compañeros que acababa de conocer. Yo le dí dos, para que no me volviera a pedir.
Hubo un recreo de 15 minutos y Solita se le acercó a hablar a la mujer que estaba a mi lado porque era profesora de inglés y Solita lo hablaba perfectamente porque tiene dos hijos viviendo en Connecticut. Dos hijos grandes a los que va a visitar todos los años, todo el tiempo.
En el piso, una bolsa de una casa de ropa para señoras grandes y coquetas espera que Solita acabe la clase para volver a la alfombra del departamento de Recoleta.
Escucho que Solita le dice a mi compañera. "Era uno de esos socialistas. Pero era simpático, igual".
Justo apareció la profesora y el recreo se terminó.
Solita volvió a preguntar por el cd, casi enseguida.
El cabello de Solita está rígido, tenso. Es probable que un rato antes de conocerla sus pelos hubieran recibido un baño de spray que los entumeció, cobrizos y ampulosos. Solita está bronceada, usa aros que parecen botones dorados.
Empieza la clase de francés y Solita enseguida habla de un cd que me va a servir para practicar la dicción, anuncia, reclama, como si hubiese estado toda la semana pensando en que no tenía que olvidar hablar de eso para que todos noten que es vieja, sí, pero sabe lo que es un cd.
Pregunta varias veces por el cd que no existe y la simpatía de la profesora abandona el aula para darle lugar al hastío. Otros reirían por dentro. Otros lamentarían el espectáculo.
Solita compró el libro aun antes de empezar a estudiarlo pero no llevó un cuaderno, así que andaba pidiendo hojas a los compañeros que acababa de conocer. Yo le dí dos, para que no me volviera a pedir.
Hubo un recreo de 15 minutos y Solita se le acercó a hablar a la mujer que estaba a mi lado porque era profesora de inglés y Solita lo hablaba perfectamente porque tiene dos hijos viviendo en Connecticut. Dos hijos grandes a los que va a visitar todos los años, todo el tiempo.
En el piso, una bolsa de una casa de ropa para señoras grandes y coquetas espera que Solita acabe la clase para volver a la alfombra del departamento de Recoleta.
Escucho que Solita le dice a mi compañera. "Era uno de esos socialistas. Pero era simpático, igual".
Justo apareció la profesora y el recreo se terminó.
Solita volvió a preguntar por el cd, casi enseguida.
jueves, marzo 27, 2008
martes, marzo 25, 2008
24 de marzo
a MM
"Una palabra hija de la fatalidad
vuela en la copia de la infancia que
el recuerdo gasta"
Ruinas. Juan Gelman
Lleva el estigma en su sangre como una bolsa pesada de suero clavada a la vena de uno de sus brazos.
No me lo dijo, me enteré mientras saciaba la necesidad de encontrar razones.
(Un escéptico hubiera pensado que fue casual)
Pero algo comprendí.
Detrás de aquel misterio, de aquella nostalgia genética había un nombre, una identidad por la que luchar.
Tal vez fueran las ocho letras de súplica, el afán de creer que el horror no existe, que algo pasó, que algo tenía que pasar.
Detrás de aquel misterio, de aquella nostalgia genética había un nombre, una identidad por la que luchar.
Tal vez fueran las ocho letras de súplica, el afán de creer que el horror no existe, que algo pasó, que algo tenía que pasar.
Quizá se tratara de una manera extraña de mantener viva la memoria.
Fue una tarea que le impusieron, un deber que no buscó. Sin embargo lo aceptó con la grandeza de quienes siempre cargarán el estandarte de la historia íntima.
Quizá su designio haya sido una torpeza.
O un intento por que una parte de la sangre permenezca viva en otro cuerpo.
Lo tomó con agallas.
Se hizo responsable de su nombre en honor a la verdad. A la lucha. Y al amor.
lunes, marzo 17, 2008
Reflexión de viernes al sol
"En Palermo 'Soho' tener un hijo es como tener un labrador"
Diego Sagardía
sábado, marzo 15, 2008
Muertv

Las noticias trágicas son peores de mañana. Supongo que en parte es consecuencia de que, de mañana, todavía conservamos esa angustia que nos genera el golpe cotidiano contra la vida real, como cuando despertás de un sueño bello.
La muerte de Guinzburg fue literalmente mi primer acontecimiento real del día. Ni siquiera llegué a rascarme, a pensar en el sueño que tenía. Sonó el despertador y prendí automáticamente la tele, en un mecanismo que me resguarda de seguir durmiendo. La placa con la noticia estaba ahí, en letras grandes.
Y siguió todo el día y fue degenerándose, canal por canal, programa por programa, desde los noticieros con una referencia permanente (donde vimos personajes congelados que aprovechaban para hablar con congoja del muerto y de paso promocionar su nuevo programa), programas de chismes regodeándose y más; simultáneamente internet y las radios.
Un rato después, serían las redacciones de los diarios las que se activarían con los mismos tics que el resto de los medios. Ni una idea menos frívola.
La muerte de Guinzburg fue triste, como lo son la mayoría de las muertes.
Pero además, él parecía un buen tipo (seguramente lo fuera). Y hacía reír.
Todavía conservo la fría sensación, el peligroso temor de que toda esa ola popular de consternación haya sido la reacción espontánea de la gente no a la pérdida de un hombre valioso, sino más bien a que, según los medios, se había muerto "un genio", según los medios todos estamos tristes, según los medios hoy "nos morimos todos un poco".
Aún persiste el miedo de estar seguro de que todo fue tan así porque si Guinzburg siempre vende, más vende muerto. Y hay quienes no se van a perder semejante banquete.
viernes, marzo 07, 2008
Pasado
"Será en tu vida lo mejor, de la neblina del ayer
cuando me llegues a olvidar
como es mejor el verso aquel
que no podemos recordar"
cuando me llegues a olvidar
como es mejor el verso aquel
que no podemos recordar"
Vete de mí. Virgilio y Homero Expósito
sábado, marzo 01, 2008
El beso
El triángulo de piel fosforescía con una intensidad absoluta. La misma que tiene la espuma de las olas del mar en la noche. La textura parecía la del tiburón, si se arrastran las yemas de los dedos a favor de la inclinación de las minúsculas escamas.
Sólo el tiburón es así, tan suave, le dije, mientras mis dedos jugaban en esa porción del mundo.
Ella rió dos veces y bajó los párpados. Presumí que le había parecido una comparación innecesaria, o aprendida. Pero me confesó tímidamente que jamás había tocado a un tiburón.
Entonces sonrió, y llevó mi cabeza, sólo con la mirada, con el gesto, hacia aquel lugar luminiscente.
El extremo del mar se dispersaba entre las rocas y la noche.
Apoyé mi boca sobre su cuerpo.
Lloviznaba.
Sólo el tiburón es así, tan suave, le dije, mientras mis dedos jugaban en esa porción del mundo.
Ella rió dos veces y bajó los párpados. Presumí que le había parecido una comparación innecesaria, o aprendida. Pero me confesó tímidamente que jamás había tocado a un tiburón.
Entonces sonrió, y llevó mi cabeza, sólo con la mirada, con el gesto, hacia aquel lugar luminiscente.
El extremo del mar se dispersaba entre las rocas y la noche.
Apoyé mi boca sobre su cuerpo.
Lloviznaba.
miércoles, febrero 27, 2008
Las mujeres de enfrente
De atrás de la voz de Homero Simpson --gracias a la ventana abierta-- sonaba la voz ácida del Indio Solari cantando algo sobre el murmullo del público de la pizzería. Detrás del canto de Solari, lejano en la noche, lo que aparece es un llanto. Una queja larga, profunda, constante. Y de mujer.
Entonces apreto mute y cancelo la voz de la tele. Miro a las cortinas corridas que no dejaban ver afuera. El llanto persistía y ahora se hacía mucho más nítido, a pesar de la pizzería y de una ráfaga de viento que se convirtió en sonido después de pasar entre las hojas de los árboles de la cuadra. Así que me acerqué a la ventana mientras dudaba: podía venir de la calle, era lo más lógico. Tal vez alguna parejita de adolescentes se estaba peleando y se habían sentado en el umbral de la casa de repuestos de autos. Ya estaba en la ventana cuando la otra posibilidad se convirtió en certeza. El llanto llegaba desde enfrente.
Casi exactamente directo a mi ventana, en la otra vereda y en el mismo primer piso que yo, hay una casa extraña, de paredes celestes descascaradas, mucha gente (gran cantidad de bebés y otros que nacen cada año), como si fueran dos familias más los abuelos. O tres y además los tíos que vienen del interior. Es gente visiblemente pobre, no indigentes, trabajadora --los veo salir y venir-- y su gran virtud es evidentemente sobrevivir a Buenos Aires en una condición de hacinamiento importante (ya sé, irónico lector, que no son los únicos en vivir así ni lo serán por muchos años).
El llanto venía de allí.
Miré rápidamente a la puerta ventana de la derecha. Esa es la que funciona como comedor. Desde mi casa puedo ver la tele, la mesa y no mucho más. No se veía a nadie. Eso era llamativo. Las luces y la tele encendidas, pero el cuarto estaba vacío.
El llanto venía de allí. Y persisitía. Era muy apesadumbrado. Seguramente, pensé, había una pareja que se estaba disolviendo ahi dentro, en algún lugar de la casa. El llanto tenía esa melancolía, la del desastre emocional. Y era muy femenino.
Pero no había nadie. Lo que llevó mi vista a la otra ventana.
Ahí estaba ella. La encontré justo cuando se acercaron su padre y su madre. La nena lloraba. Estaba desconsolada. Y su madre, al principio tranquila, le explicaba que no era una hora razonable para que fuera a dormir a lo de su amiguita, que podía ir mañana. Pero la nena, no. El llanto era gordo. Su padre, con la debilidad clásica del hombre por la mujer, trataba de consolarla mientras la ira de la madre aumentaba.
Y parece que no fue la única mujer molesta por el quejido, apareció la abuela. Esa viejecita que casi no puede caminar, flaca como si estuviera muerta de hambre, de anteojos gordos y sin dientes. Llegó desde el balcón, donde por las tardes intenta en vano perseguir a sus nietos bebés que gatean por allí. Apareció arrastrando sus pies, con un camisón gastado, gritando como el mismísimo demonio qué carajo pasaba que no se podía dormir. Un grito que se escuchó en toda la cuadra.
Y que terminó con las lágrimas de la nena, que instantáneamente calló.
Y se metió en la cama.
Entonces apreto mute y cancelo la voz de la tele. Miro a las cortinas corridas que no dejaban ver afuera. El llanto persistía y ahora se hacía mucho más nítido, a pesar de la pizzería y de una ráfaga de viento que se convirtió en sonido después de pasar entre las hojas de los árboles de la cuadra. Así que me acerqué a la ventana mientras dudaba: podía venir de la calle, era lo más lógico. Tal vez alguna parejita de adolescentes se estaba peleando y se habían sentado en el umbral de la casa de repuestos de autos. Ya estaba en la ventana cuando la otra posibilidad se convirtió en certeza. El llanto llegaba desde enfrente.
Casi exactamente directo a mi ventana, en la otra vereda y en el mismo primer piso que yo, hay una casa extraña, de paredes celestes descascaradas, mucha gente (gran cantidad de bebés y otros que nacen cada año), como si fueran dos familias más los abuelos. O tres y además los tíos que vienen del interior. Es gente visiblemente pobre, no indigentes, trabajadora --los veo salir y venir-- y su gran virtud es evidentemente sobrevivir a Buenos Aires en una condición de hacinamiento importante (ya sé, irónico lector, que no son los únicos en vivir así ni lo serán por muchos años).
El llanto venía de allí.
Miré rápidamente a la puerta ventana de la derecha. Esa es la que funciona como comedor. Desde mi casa puedo ver la tele, la mesa y no mucho más. No se veía a nadie. Eso era llamativo. Las luces y la tele encendidas, pero el cuarto estaba vacío.
El llanto venía de allí. Y persisitía. Era muy apesadumbrado. Seguramente, pensé, había una pareja que se estaba disolviendo ahi dentro, en algún lugar de la casa. El llanto tenía esa melancolía, la del desastre emocional. Y era muy femenino.
Pero no había nadie. Lo que llevó mi vista a la otra ventana.
Ahí estaba ella. La encontré justo cuando se acercaron su padre y su madre. La nena lloraba. Estaba desconsolada. Y su madre, al principio tranquila, le explicaba que no era una hora razonable para que fuera a dormir a lo de su amiguita, que podía ir mañana. Pero la nena, no. El llanto era gordo. Su padre, con la debilidad clásica del hombre por la mujer, trataba de consolarla mientras la ira de la madre aumentaba.
Y parece que no fue la única mujer molesta por el quejido, apareció la abuela. Esa viejecita que casi no puede caminar, flaca como si estuviera muerta de hambre, de anteojos gordos y sin dientes. Llegó desde el balcón, donde por las tardes intenta en vano perseguir a sus nietos bebés que gatean por allí. Apareció arrastrando sus pies, con un camisón gastado, gritando como el mismísimo demonio qué carajo pasaba que no se podía dormir. Un grito que se escuchó en toda la cuadra.
Y que terminó con las lágrimas de la nena, que instantáneamente calló.
Y se metió en la cama.
sábado, febrero 23, 2008
Descubrimiento
"...y descubrió que, cuando la gente es muy pobre, siempre tiene algo para dar, y ganas de hacerlo".
De Al este del Edén. John Steinbeck
sábado, febrero 09, 2008
Hojas de menta entre los dos
Abre los ojos grandes, los entrecierra. Mira inclinando la cabeza para un costado, tal como hacen los cachorros cuando empiezan a descubrir el perverso mundo de los humanos. Pero ella mira sin inocencia, con la profundidad de las mujeres acostumbradas al calor de la selva dentro suyo. Sonríe. Siempre lo hace.
Su pelo fino cae hacia un costado de su frente. Detrás, muy detrás, el lunar que ella no sabe que tiene a centímetros de la oreja izquierda huele a cielo azul. Es pequeño y claro. Una pelusa le pasa por encima y lo hace casi imperceptible.
Ella le pide que le ponga un nombre al lunar. El ya sabría qué decir.
Debe ser el único lunar que tiene, juega, porque no tiene lunares. A él le gustaría decirle te los inventaría. Lo piensa, lo calla. Ella le exige que imagine entonces dónde estarían sus lunares y que le cuente. Acepta, con la parodia de la solemnidad.
Ella abre los ojos, los entrecierra. Mira, inclinando la cabeza hacia un costado y sonríe, mordiéndose los labios con malicia, acariciando unas hojas de menta apoyadas sobre la mesa, solitarias entre los dos.
Su pelo fino cae hacia un costado de su frente. Detrás, muy detrás, el lunar que ella no sabe que tiene a centímetros de la oreja izquierda huele a cielo azul. Es pequeño y claro. Una pelusa le pasa por encima y lo hace casi imperceptible.
Ella le pide que le ponga un nombre al lunar. El ya sabría qué decir.
Debe ser el único lunar que tiene, juega, porque no tiene lunares. A él le gustaría decirle te los inventaría. Lo piensa, lo calla. Ella le exige que imagine entonces dónde estarían sus lunares y que le cuente. Acepta, con la parodia de la solemnidad.
Ella abre los ojos, los entrecierra. Mira, inclinando la cabeza hacia un costado y sonríe, mordiéndose los labios con malicia, acariciando unas hojas de menta apoyadas sobre la mesa, solitarias entre los dos.
miércoles, enero 30, 2008
Vivir
"Vivo, trabajo, en pos de una sociedad en la cual cuanto más honrado sea el hijo menos ha de temer la madre; en la que todo trabajador tenga un sentido de la responsabilidad, no porque se le pida, sino porque la tiene la quiera o no; en la que la única élite sean los ancianos; en la que todas las tragedias se admitan como tales; en la que las mujeres no sean utilizadas como ganchos publicitarios para vender artículos de consumo (una degradación finalmente mucho mayor que la prostitución); en la que la palabra libertad sea innecesaria, porque se necesitan todas las capacidades; en la que queden tan pocos prejuicios que un hombre pueda juzgar a otro sencillamente mirándolo a los ojos; en la que todos los artistas sean básicamente artesanos; en la que todos los dictadores hayan sido juzgados por sus víctimas y, de haber sido declarados culpables, disparados por un batallón formado por sus propios generales, cuyas vidas hubieran sido salvadas sólo a tal efecto".
De Janos Lavin, protagonista de Un pintor de hoy.
John Berger.
jueves, enero 24, 2008
Brindis
Está sentada con sus padres (podrían ser sus abuelos, también) en una de las mesas de un vértice de la confitería. Toma una Sprite y revuelve el líquido con la pajita. Lo hace todo el tiempo y cuando para, es para brindar con su padre.
Es la cuarta vez que los veo chocar los vasos en apenas 10 minutos. Se miran a los ojos, y chin chin. Sonríen.
Tengo la sensación de que, cuando tu hijo padece el síndrome de Down, el amor se multiplica como un brindis en Año Nuevo.
Es la cuarta vez que los veo chocar los vasos en apenas 10 minutos. Se miran a los ojos, y chin chin. Sonríen.
Tengo la sensación de que, cuando tu hijo padece el síndrome de Down, el amor se multiplica como un brindis en Año Nuevo.
lunes, enero 21, 2008
La servilleta entre el tostado y los dedos
Están sentados frente a mí. Digamos que a dos mesas de distancia. Entre nosotros hay una heladera llena de tortas, cuyo motor disipa un calor que parece derretir nuestras piernas.
Ellos pidieron un tostado de jamón y queso. El, una Sprite. Ella, un submarino. Los dos comen el tostado empezando por uno de los ángulos más agudos. Ambos lo sostienen con su mano derecha, pero entre los dedos y la miga de pan una servilleta filtra la grasa del queso y el jamón calientes.
Ella es flaca, no llega a los 40. Usa anteojos para ver mejor y todos los elementos de su cara parecen atraídos hacia un centro, como cuando se forma un agujero en la arena y lo de alrededor va cayendo inevitablemente. Como el desagote de un lavabo, todo se reduce a su centro, casi como un espiral.
El tiene piel blanca y parece recién afeitado. Pero por primera vez. Mientras come, mueve el pie derecho como si estuvier siguiendo el ritmo de una canción de Django Reinhardt.
Los dos comen el tostado, beben.
No hablan. No hablan.
Ellos pidieron un tostado de jamón y queso. El, una Sprite. Ella, un submarino. Los dos comen el tostado empezando por uno de los ángulos más agudos. Ambos lo sostienen con su mano derecha, pero entre los dedos y la miga de pan una servilleta filtra la grasa del queso y el jamón calientes.
Ella es flaca, no llega a los 40. Usa anteojos para ver mejor y todos los elementos de su cara parecen atraídos hacia un centro, como cuando se forma un agujero en la arena y lo de alrededor va cayendo inevitablemente. Como el desagote de un lavabo, todo se reduce a su centro, casi como un espiral.
El tiene piel blanca y parece recién afeitado. Pero por primera vez. Mientras come, mueve el pie derecho como si estuvier siguiendo el ritmo de una canción de Django Reinhardt.
Los dos comen el tostado, beben.
No hablan. No hablan.
lunes, enero 14, 2008
Reminiscencia
Sólo una cosa no hay. Es el olvido.
Jorge Luis Borges
El recordaba recordarla. Tal vez fuera la memoria del olvido.
O quizás, precisamente, todo lo contrario.
jueves, enero 10, 2008
El ruido de la soledad
A mi alrededor el ruido raspa, desorienta. A través de la ventana un mundo básico camina contra el viento sur.
Alguien me mira.
Alguien me mira.
lunes, diciembre 24, 2007
Feliz Navidad

Foto tomada por Davide Monteleone (Italia). De la serie "Contraste", ganadora del primer premio de Spot news, en el World Press Photo 07.
Un hombre carga a una nena después de un ataque aéreo israelí sobre la ciudad de Qana, en el Líbano. El ataque terminó con la vida de cientos de civiles. Muchos de ellos eran niños.
El banquete
Tres de tomate, queso y albahaca.
Cuatro de pollo.
Cinco de jamón y queso.
Dos de cebolla y muzzarella.
Tres de roquefort y jamón. Está tachada esta línea.
Alguien dijo: nunca en mi vida comí empanadas de cebolla y muzzarella tan ricas. Los otros no respondieron, se miraron entre todos, algunos asintieron con la cabeza, otro hizo un ruido, algo que sonó como "ggm". Y sonrió.
Cuatro de pollo.
Cinco de jamón y queso.
Dos de cebolla y muzzarella.
Tres de roquefort y jamón. Está tachada esta línea.
Alguien dijo: nunca en mi vida comí empanadas de cebolla y muzzarella tan ricas. Los otros no respondieron, se miraron entre todos, algunos asintieron con la cabeza, otro hizo un ruido, algo que sonó como "ggm". Y sonrió.
miércoles, diciembre 12, 2007
La sombra del sol y Lucas
Me vio y armó toda la secuencia en un segundo.
Empezó a mirarme a los ojos como a tres metros de mí. El sol del mediodía hacía brillar exageradamente el patio. O quizá fuera que el patio de una cárcel para menores destella al sol de esa manera. Me dijeron que hacía dos años que nadie salía. Y eso se notaba: la cara de los presos era de un tono verdoso.
El que se me acercaba tenía el gesto que tienen todos allí dentro: un rostro que no puede, jamás, ocultar el dolor; un rostro macizo, revocado. En particular, quien venía hacia mí ahora, encima, respiraba por una nariz rota. Y bastaba mirarle los párpados hinchados para confirmar que era boxeador.
Cuanto más cerca, más se parecía a Ringo Bonavena. Era no muy alto y caminaba encorvado como un hombre de piedra. Llevaba una camisa clara y debajo una musculosa negra. Un pantalón a cuadros y un par de esas zapatillas que valen como 400 pesos. Ningún pendejo, en un penal, usa zapatillas de menos de 350 pesos. Es su manera de pertenecer a una sociedad ajena.
Cuando la distancia se lo permitió estiró su brazo derecho, me miró sabiendo todo lo que significaba el gesto, con una leve sonrisa proveniente de sus ojos, y me abrazó de costado. Bien fuerte. Vamos a caminar, dale. Los detenidos caminan así, abrazados. Será una manera de reemplazar el contacto visual de paisajes en permanente mutación con el contacto del abrazo de otro que está en la misma.
Respiraba mal por la nariz, se escuchaba el ruido del aire peleando en las fosas torcidas.
Sus dedos gordos apretaban mi hombro sin intimidar. Empezamos a caminar bajo el sol, en círculos, pegados a cada una de las cuatro paredes del patio del instituto para menores.
Yo tengo 29 años. Vos? Yo tengo 29 pero vos no tenés ni 20, le dije mirándolo a los ojos, sonriendo. Bueno, tengo 19. Se reía un poco de mí.
Hay algo básico. El preso sabe quién está de cada lado. Pero así todo intentará mostrar sus garras, todas sus credenciales que se ganó por marginado, que se ganó sin querer. El preso hubiera querido ser, antes que no ser.
¿Sabés qué pasa? Yo estoy muy solo acá adentro. En un momento sentí que yo le gustaba. Fue un poco repugnante y demasiado real. También era parte del juego.
Habíamos dado dos vueltas. Apenas confesó su soledad, Lucas (ya me había dicho su nombre y su apellido) miró el culo gordo de una mujer que también estaba en el patio. Se lo chupo dos horas, escupió.
Lucas estaba ahí hacía un año y cuatro meses. No tenés algo para darme? Una cadenita, un reloj, algo. Mis brazos lucen apenas un tatuaje y unas pulseras de hilo traídas de diferentes viajes. No te podés llevar nada de acá, le mostré.
A la tercera vuelta se sacó la camisa porque hacía mucho calor y él no sentía el sol sobre su piel desde el último día que tuvo libertad (que no es lo mismo que ser libre).
Sus brazos, inflados por el trabajo con las mancuernas, estaban marcados, repletos de cicatrices gordas. Hay momentos en que los presos desesperan. La desesperación puede tener varias razones. Abstinencia, generalmente. Cuando no se cortan los brazos, se queman las piernas. Y a veces se golpean la cabeza contra las rejas.
Me quiero fugar hoy. Me bancás? Si tenés una buena idea, sí. Pero no la ves difícil? El quería que yo me aterrara, que le respondiera en serio.
Sabés cómo hago? Te saco los pelos, después la ropa, las zapatillas y tu mochila y me voy.
Tus zapatillas están mejores que las mías. No pierdas tiempo. Además, todo eso no es suficiente, le respondí, riendo.
Y con esto? Del bolsillo sacó rápido un pedazo de vidrio, un espejo, del tamaño de un colgante grande. Tenía cuatro puntas filosas, parecía un rombo irregular. Logré ver su cara golpeada en el reflejo del espejo. Lo apoyó precisa y persistentemente sobre mis abdominales y me miró a los ojos. Así podemos rajar, me dijo. Después río, guardó el vidrio y seguimos caminando.
A la otra vuelta hablamos de su barrio, de sus amigos adentro. Me invitó a la casa a tomar mate cuando saliera. Después me soltó. Se fue. No me dijo ni chau.
Empezó a mirarme a los ojos como a tres metros de mí. El sol del mediodía hacía brillar exageradamente el patio. O quizá fuera que el patio de una cárcel para menores destella al sol de esa manera. Me dijeron que hacía dos años que nadie salía. Y eso se notaba: la cara de los presos era de un tono verdoso.
El que se me acercaba tenía el gesto que tienen todos allí dentro: un rostro que no puede, jamás, ocultar el dolor; un rostro macizo, revocado. En particular, quien venía hacia mí ahora, encima, respiraba por una nariz rota. Y bastaba mirarle los párpados hinchados para confirmar que era boxeador.
Cuanto más cerca, más se parecía a Ringo Bonavena. Era no muy alto y caminaba encorvado como un hombre de piedra. Llevaba una camisa clara y debajo una musculosa negra. Un pantalón a cuadros y un par de esas zapatillas que valen como 400 pesos. Ningún pendejo, en un penal, usa zapatillas de menos de 350 pesos. Es su manera de pertenecer a una sociedad ajena.
Cuando la distancia se lo permitió estiró su brazo derecho, me miró sabiendo todo lo que significaba el gesto, con una leve sonrisa proveniente de sus ojos, y me abrazó de costado. Bien fuerte. Vamos a caminar, dale. Los detenidos caminan así, abrazados. Será una manera de reemplazar el contacto visual de paisajes en permanente mutación con el contacto del abrazo de otro que está en la misma.
Respiraba mal por la nariz, se escuchaba el ruido del aire peleando en las fosas torcidas.
Sus dedos gordos apretaban mi hombro sin intimidar. Empezamos a caminar bajo el sol, en círculos, pegados a cada una de las cuatro paredes del patio del instituto para menores.
Yo tengo 29 años. Vos? Yo tengo 29 pero vos no tenés ni 20, le dije mirándolo a los ojos, sonriendo. Bueno, tengo 19. Se reía un poco de mí.
Hay algo básico. El preso sabe quién está de cada lado. Pero así todo intentará mostrar sus garras, todas sus credenciales que se ganó por marginado, que se ganó sin querer. El preso hubiera querido ser, antes que no ser.
¿Sabés qué pasa? Yo estoy muy solo acá adentro. En un momento sentí que yo le gustaba. Fue un poco repugnante y demasiado real. También era parte del juego.
Habíamos dado dos vueltas. Apenas confesó su soledad, Lucas (ya me había dicho su nombre y su apellido) miró el culo gordo de una mujer que también estaba en el patio. Se lo chupo dos horas, escupió.
Lucas estaba ahí hacía un año y cuatro meses. No tenés algo para darme? Una cadenita, un reloj, algo. Mis brazos lucen apenas un tatuaje y unas pulseras de hilo traídas de diferentes viajes. No te podés llevar nada de acá, le mostré.
A la tercera vuelta se sacó la camisa porque hacía mucho calor y él no sentía el sol sobre su piel desde el último día que tuvo libertad (que no es lo mismo que ser libre).
Sus brazos, inflados por el trabajo con las mancuernas, estaban marcados, repletos de cicatrices gordas. Hay momentos en que los presos desesperan. La desesperación puede tener varias razones. Abstinencia, generalmente. Cuando no se cortan los brazos, se queman las piernas. Y a veces se golpean la cabeza contra las rejas.
Me quiero fugar hoy. Me bancás? Si tenés una buena idea, sí. Pero no la ves difícil? El quería que yo me aterrara, que le respondiera en serio.
Sabés cómo hago? Te saco los pelos, después la ropa, las zapatillas y tu mochila y me voy.
Tus zapatillas están mejores que las mías. No pierdas tiempo. Además, todo eso no es suficiente, le respondí, riendo.
Y con esto? Del bolsillo sacó rápido un pedazo de vidrio, un espejo, del tamaño de un colgante grande. Tenía cuatro puntas filosas, parecía un rombo irregular. Logré ver su cara golpeada en el reflejo del espejo. Lo apoyó precisa y persistentemente sobre mis abdominales y me miró a los ojos. Así podemos rajar, me dijo. Después río, guardó el vidrio y seguimos caminando.
A la otra vuelta hablamos de su barrio, de sus amigos adentro. Me invitó a la casa a tomar mate cuando saliera. Después me soltó. Se fue. No me dijo ni chau.
lunes, diciembre 10, 2007
Pequeño diálogo sobre cine
--¿Quiénes son los mejores actores a su criterio?
--Déjeme pensar... Charles Chaplin y Marlon Brando, sin dudas.
--¿Y vivos?
--Charles Chaplin y Marlon Brando.
--Déjeme pensar... Charles Chaplin y Marlon Brando, sin dudas.
--¿Y vivos?
--Charles Chaplin y Marlon Brando.
viernes, noviembre 23, 2007
Iluminado
Se sostiene sobre una línea gruesa y clara, que recorre el espacio. Va cansado pero firme como un hombre del Sahara. Se abre en mundos verdes, suaves al tacto.
Corolas esperan una brisa nocturna, atraviesan el velo del tiempo.
Su rojo suave aspira a la cima de la forma.
Iluminado, el malvón enciende mi armonía.
Corolas esperan una brisa nocturna, atraviesan el velo del tiempo.
Su rojo suave aspira a la cima de la forma.
Iluminado, el malvón enciende mi armonía.
jueves, noviembre 22, 2007
Los peces

Mi gran amigo Juan Carlos Diez nos acaba de regalar otro libro. Esta vez, de poesía. Se llama El nacimiento de los peces. Y es tan sólo el primero de versos de Juan (que hace poco publicó el inevitable Martropía. Conversaciones con Luis Alberto Spinetta), de quien nos esperan (o al menos esperamos), muchas más estrellas, mucha más luz y muchos más puentes.
Este es uno de los poemas del libro*.
Sendero
Estación de lluvia
Puente colgante
sostenido
por el mero piar de la calandria
La senda
es de huellas
en el barro
Rastros de luna
dispersos en los charcos
Regreso
a mi asilo de palabras
Soy la rama en el viento
escribo para nadie
Este es uno de los poemas del libro*.
Sendero
Estación de lluvia
Puente colgante
sostenido
por el mero piar de la calandria
La senda
es de huellas
en el barro
Rastros de luna
dispersos en los charcos
Regreso
a mi asilo de palabras
Soy la rama en el viento
escribo para nadie
El nacimiento de los peces (ediciones del dock) se consigue en las librerías de la calle Corrientes.
O escribiendo a pecesrojos@gmail.com
jueves, noviembre 15, 2007
Elarte
Y me dijo, mirándose al espejo:
"A veces me siento como un músico que vive de la plata que le da tocar en una banda de covers que hace temas de los Auténticos Decadentes en cumpleaños de 15"
"A veces me siento como un músico que vive de la plata que le da tocar en una banda de covers que hace temas de los Auténticos Decadentes en cumpleaños de 15"
domingo, noviembre 11, 2007
Acerca de Dios, los santos y la madre tierra

Gracias a las pocas cosas buenas que tiene mi trabajo, tuve la suerte de poder hablar con algunos sabios mapuches a partir de este paradójico evento donde la Iglesia (gran instrumento asesino de la colonización) beatifica a un nativo --Ceferino Namuncurá-- de la tierra que arruinó.
Antes que sacar conclusiones propias, prefiero transcribir algunas de las frases que Peti Pichiñam (del Centro de Educación Mapuche de Neuquén) y Jorge Nahuel (werken de la Coordinadora de Organizaciones Mapuche de Neuquén) me han dicho. Y que las conclusiones las saquen ustedes, queridos visitantes.
Nahuel: "Nosotros no concebimos ni esas crueles armas ni semihéroes llamados "santos", una especie de personajes literarios que tienen prohibidas las cosas más naturales de la vida. ¡Hasta el sexo, que es lo más natural de la naturaleza".
Peti: "El perdió la armonía, lo sacaron de su entorno cuando lo llevaron a BsAs, ahí sufrió la primera lavada de cabeza. Cuando se va a Europa muere de tuberculosis (una enfermedad invasora) y muere de pena, lejos de su tierra. Y la relación con nuestra tierra es nuestra fuerza."
Nahuel: "Esta demostración de nuevo engaño desde el Vaticano nos mantiene alertas, elusivos, negándonos a semejantes premios postmortem para nuestros muertos asesinados por ellos mismos".
Peti: "Las diversas vidas del universo tienen espíritus, vidas. Y como vidas tienen su propia organización y esa circularidad ordenada, o la interrelación entre las fuerzas (az mapu), para nosotros es el concepto abarcador de que no hablamos de tierra como suelo si no como el todo. Nosotros somos mapu, todos lo somos y cada uno cumple un rol. Y ninguno es superior a otro y por eso entendemos la diversidad para lograr el equilibrio."
Nahuel: "Todos formamos parte equilibrada del mismo círculo natural, no hay jerarquías ni menos papas dictadores en nuestro Pueblo Originario Mapuche".
Y yo no logré preguntarles qué opinaban acerca de que el Gobierno de Río Negro haya gastado 1 millón de pesos en armar la "fiesta".
¿Gastarán lo mismo para evitar que se mueran de hambre --como de hecho ocurre- comunidades aborígenes enteras?
Antes que sacar conclusiones propias, prefiero transcribir algunas de las frases que Peti Pichiñam (del Centro de Educación Mapuche de Neuquén) y Jorge Nahuel (werken de la Coordinadora de Organizaciones Mapuche de Neuquén) me han dicho. Y que las conclusiones las saquen ustedes, queridos visitantes.
Nahuel: "Nosotros no concebimos ni esas crueles armas ni semihéroes llamados "santos", una especie de personajes literarios que tienen prohibidas las cosas más naturales de la vida. ¡Hasta el sexo, que es lo más natural de la naturaleza".
Peti: "El perdió la armonía, lo sacaron de su entorno cuando lo llevaron a BsAs, ahí sufrió la primera lavada de cabeza. Cuando se va a Europa muere de tuberculosis (una enfermedad invasora) y muere de pena, lejos de su tierra. Y la relación con nuestra tierra es nuestra fuerza."
Nahuel: "Esta demostración de nuevo engaño desde el Vaticano nos mantiene alertas, elusivos, negándonos a semejantes premios postmortem para nuestros muertos asesinados por ellos mismos".
Peti: "Las diversas vidas del universo tienen espíritus, vidas. Y como vidas tienen su propia organización y esa circularidad ordenada, o la interrelación entre las fuerzas (az mapu), para nosotros es el concepto abarcador de que no hablamos de tierra como suelo si no como el todo. Nosotros somos mapu, todos lo somos y cada uno cumple un rol. Y ninguno es superior a otro y por eso entendemos la diversidad para lograr el equilibrio."
Nahuel: "Todos formamos parte equilibrada del mismo círculo natural, no hay jerarquías ni menos papas dictadores en nuestro Pueblo Originario Mapuche".
Y yo no logré preguntarles qué opinaban acerca de que el Gobierno de Río Negro haya gastado 1 millón de pesos en armar la "fiesta".
¿Gastarán lo mismo para evitar que se mueran de hambre --como de hecho ocurre- comunidades aborígenes enteras?
A quien le interese ver el texto publicado puede hacer click acá.
viernes, noviembre 02, 2007
El Supremo
Una noche iba a lo de mi amigo Juano y, una esquina antes llegar a su casa alguien me hace señas. Otro que no conociera la cuadra, que no conociera su cara, la cara del que me hacía gestos, jamás hubiera parado, más bien todo lo contrario.
Pero es uno de sus actos reflejo nocturnos. Aparece un auto y él levanta la mano.
Mientras espera que eso ocurra --porque a esa hora de la madrugada, en esa esquina de Avellaneda sólo pasan autos y, en todo caso,si alguien aparece caminando es presa fácil--, El Supremo se muerde las uñas llenas de mugre de sus dedos. Tiene los dientes verdes y muchos granos en la cara; son los mismos desde que lo conozco.
El Supremo tenía 10, 12 años y ya andaba asustando en esa misma cuadra de ahora a los pibitos que salían de las escuelas. Les pedía plata, el alfajor que llevaban, los escupía. Lo que cualquier pibe de la calle, tal vez, hubiese hecho. Les tenían miedo y las madres recomendaban a sus hijos que ni le hablen, pero los nenes lloraban. Algunas llamaron a la policìa más de una vez. Nadie podía lograr que él desapareciera de allí.
Ahora El Supremo debe de tener ventipico pero ya no asusta a nadie. Porque no quiere, creo.
Aquella noche en que iba a lo de Juano, me hizo señas de que parase y paré. Bajé la ventanilla y nos saludamos con la mano. Al estrechar la suya volví a sentir esa sensación de extrañeza que vivo cada vez que nuestras manos se juntan: su piel gruesa raspa, duele.
Nunca me llamó por mi nombre y no estoy seguro de que lo sepa. Me preguntó si iba a buscar a Juano (tampoco sé si sabe su nombre, pero conoce perfectamente quién es amigo de quién y en todo caso los ubica con facilidad: Juano, para él es el narigón o el flaco de la esquina y representa a los más grandes que él, con los que no jode ni jodió). Después me pidió unas monedas. Yo no tenía. Pero sí llevaba una bolsa con remeras que le iba a dar a mi amigo, así que le dí una a él.
No hizo mucho alarde de las gracias y eso me tranquilizó. Después de todo, dudo de que El Supremo alguna vez se haya alegrado sin haber fumado porro o aspirado poxirán. No lo imagino riendo de felicidad, pero sí lo recuerdo con una sonrisa cínica, solitaria, de ojos rojos y labios lastimados. Estoy seguro de que nunca lloró.
El Supremo llega a esa esquina, la de Piaggio y San Martìn, antes del mediodía y se va a eso de las tres de la mañana. Siempre hace lo mismo desde que era un nene. Va zafando porque los de los negocios le piden changas: que lleve un sobre, que cuide el auto o nada, unas monedas porque sí, porque siempre está en el mismo lugar. Antes no zafaba con nada porque era pibe y era bardero, pero estaba lejos de su casa, que era (y aún es) lo importante. El Supremo vive en Villa Tranquila.
Hace un rato llevaba a Juano a su casa. Veníamos de comer un asado en Sarandí. Eran casi las 3 am. Lo dejé a mi amigoa. Agarré contramano Piaggio, doblé la esquina y no lo ví.
Enseguida apareció en la otra. Llevaba una remera blanca. Lo encontré mirando para arriba, no sé si a la noche nublada o a un balcón. Tal vez esperaba que algo le cayera del cielo.
Al escuchar el ruido del auto, a unos metros, El Supremo bajó la cabeza y me miró. Levantó el brazo, me saludó con un gesto mínimo que salió fundamentalmente de sus ojos pero no intentó detenerme. Sólo volvió, enseguida, a tirar su frente para atrás.
Algo estaba pasando allá arriba. Supongo que no era más que tiempo.
Pero es uno de sus actos reflejo nocturnos. Aparece un auto y él levanta la mano.
Mientras espera que eso ocurra --porque a esa hora de la madrugada, en esa esquina de Avellaneda sólo pasan autos y, en todo caso,si alguien aparece caminando es presa fácil--, El Supremo se muerde las uñas llenas de mugre de sus dedos. Tiene los dientes verdes y muchos granos en la cara; son los mismos desde que lo conozco.
El Supremo tenía 10, 12 años y ya andaba asustando en esa misma cuadra de ahora a los pibitos que salían de las escuelas. Les pedía plata, el alfajor que llevaban, los escupía. Lo que cualquier pibe de la calle, tal vez, hubiese hecho. Les tenían miedo y las madres recomendaban a sus hijos que ni le hablen, pero los nenes lloraban. Algunas llamaron a la policìa más de una vez. Nadie podía lograr que él desapareciera de allí.
Ahora El Supremo debe de tener ventipico pero ya no asusta a nadie. Porque no quiere, creo.
Aquella noche en que iba a lo de Juano, me hizo señas de que parase y paré. Bajé la ventanilla y nos saludamos con la mano. Al estrechar la suya volví a sentir esa sensación de extrañeza que vivo cada vez que nuestras manos se juntan: su piel gruesa raspa, duele.
Nunca me llamó por mi nombre y no estoy seguro de que lo sepa. Me preguntó si iba a buscar a Juano (tampoco sé si sabe su nombre, pero conoce perfectamente quién es amigo de quién y en todo caso los ubica con facilidad: Juano, para él es el narigón o el flaco de la esquina y representa a los más grandes que él, con los que no jode ni jodió). Después me pidió unas monedas. Yo no tenía. Pero sí llevaba una bolsa con remeras que le iba a dar a mi amigo, así que le dí una a él.
No hizo mucho alarde de las gracias y eso me tranquilizó. Después de todo, dudo de que El Supremo alguna vez se haya alegrado sin haber fumado porro o aspirado poxirán. No lo imagino riendo de felicidad, pero sí lo recuerdo con una sonrisa cínica, solitaria, de ojos rojos y labios lastimados. Estoy seguro de que nunca lloró.
El Supremo llega a esa esquina, la de Piaggio y San Martìn, antes del mediodía y se va a eso de las tres de la mañana. Siempre hace lo mismo desde que era un nene. Va zafando porque los de los negocios le piden changas: que lleve un sobre, que cuide el auto o nada, unas monedas porque sí, porque siempre está en el mismo lugar. Antes no zafaba con nada porque era pibe y era bardero, pero estaba lejos de su casa, que era (y aún es) lo importante. El Supremo vive en Villa Tranquila.
Hace un rato llevaba a Juano a su casa. Veníamos de comer un asado en Sarandí. Eran casi las 3 am. Lo dejé a mi amigoa. Agarré contramano Piaggio, doblé la esquina y no lo ví.
Enseguida apareció en la otra. Llevaba una remera blanca. Lo encontré mirando para arriba, no sé si a la noche nublada o a un balcón. Tal vez esperaba que algo le cayera del cielo.
Al escuchar el ruido del auto, a unos metros, El Supremo bajó la cabeza y me miró. Levantó el brazo, me saludó con un gesto mínimo que salió fundamentalmente de sus ojos pero no intentó detenerme. Sólo volvió, enseguida, a tirar su frente para atrás.
Algo estaba pasando allá arriba. Supongo que no era más que tiempo.
miércoles, octubre 31, 2007
El velo del lenguaje
La tecnología, al limitar el contacto interhumano al signo electrónico, empobrece y ahoga ese riquísimo lenguaje extraverbal que --cuando estamos cerca, uno al lado del otro, juntos-- no paramos de usar para comunicarnos, sin tener siquiera clara conciencia de ello. Por añadidura, ese lenguaje extraverbal, el de la expresión del rostro y el del más mínimo gesto de las manos, es mucho más sincero y auténtico que el escrito y hablado porque con él resulta más difícil mentir, ocultar la falsedad y el embuste. Por eso la cultura china, con objeto de que el hombre realmente pudiera ocultar unos pensamientos cuya revelación entrañaba peligro, perfeccionó el arte del rostro inmóvil, de máscara impenetrable y mirada vacía, porque sólo entonces, protegida por ese velo, la persona se podía esconder de verdad.
Fragmento de "Antes de ser despedazado por los perros y las aves", Viajes con Heródoto.
martes, octubre 23, 2007
Sólo el silencio
No me sirven las palabras, gemir es mejor
Canción animal--Gustavo Cerati.
Hace días que no tengo nada para decir. Y aún así estoy diciendo algo.
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