3.20 de la madrugada.
Llego a mi casa. En la esquina, donde siempre estaciono el auto, y donde cada noche se juntan los pendejos que terminan de trabajar en la pizzería de enfrente, veo a la policía. Un patrullero, dos agentes treintañeros y cuatro chicos.
Entro a casa.
La negociación sucede bajo mi balcón de primer piso. Abro la puerta ventana. Entre la cortina y los cajones de madera de la verdulería, veo a los policías conversar con los "sospechosos" (todos chicos de clase media, mozos y cocineros de la pizzería-restó-cool-de-Palermo Viejo, y amigos del barrio). Pienso que el camión de que se lleva al verdulero al mercado central está por llegar. Pero el que aparece es el vecino de la casa tomada de enfrente, que aterriza a esta hora y de un chiflido como el de canto de un tero, avisa que llegó. Mira al patrullero.
Pero no escucha que el policía de la federal le dice: "Tengo que aplicar la ley de drogas". Y que los pibes le responden: "Somos de acá, no tenemos más que dos cigarrillos de marihuana. Trabajamos enfrente, no nos ves más acá si te parece mal". El agente insiste: "Los tengo que detener".
Pero de repente habla más bajo. Y pregunta cómo pueden arreglar.
Y arreglan. Veo por entre la cortina y los cajones de verdura que arreglan.
El patrullero se va con las luces apagadas y con los agentes satisfechos, desatados -como siempre- al cinturón de seguridad.
Entonces salgo al balcón. Pregunto. Me cuentan: "Estos corruptos hijos de puta nos llevaron la guita que ganamos hoy en el laburo por dos tucas".
Uno me pregunta si filmé. Imagino lo que podría haber pasado de haberlo hecho.
Después también se van los pibes. Uno, de la bronca, estalla una botella de cerveza contra el asfalto. Retumba entre las paredes de las casas de Palermo Viejo, entre las chapas de las cortinas de los talleres en penumbras.
Se van todos. A mi mente vuelve la idea del gobierno de despenalizar el consumo. Y pienso en todos los que se oponen. En sus intereses.
Después cierro la ventana. Vengo a escribir.
Escucho que el camión de la verdulería llega y toca bocina.
viernes, abril 17, 2009
martes, abril 14, 2009
martes, abril 07, 2009
Pobres

No tienen agua. Ni potable ni contaminada. Van a buscar a una canilla a tres cuadras. El hecho de caminar provoca que el polvo los vaya acompañando a cada paso, cada vez que los pies explotan sobre la tierra seca. El polvo.
Ellos tampoco tienen agua. Reclaman la obra hidráulica, hasta están dispuestos a poner una parte de sus mismos millones que levantaron mansiones narcosojeras al costado de la ruta. No tienen agua potable, pero en verano tienen pileta. Llena.
Es Charata. Es Chaco. No es Colombia.
Ahora el mosquito. Explican: Bolivia y Paraguay están acá nomás. Van a comprar ropa, cosas, vuelven. Fijate: Campo Largo, Sáenz Peña, Charata. Así se dieron los casos. Así están dibujadas la ciudades en el mapa.
Cuando el mosquito los picó no se dieron cuenta. Vomitaron, se quebrantaron sus huesos. Tuvieron fiebre. Tenían hambre. Por eso se enfermaron pronto. Nadie les avisó. Por eso no se dieron cuenta.
Cuando las mucamas, los cocineros, los jornaleros, los jardineros que limpian la pileta empezaron a faltar a la mansión, afiebrados, los otros averiguaron. Tienen dengue. Nos podemos contagiar. La política escondería el pánico hasta manejar la situación. Ni ese plan le sale. Como la riqueza, la noticia desborda a la clase media. La clase media se entera y se desespera. Llama a los medios, hace un cacerolazo en la plaza principal. Un intendente radical se ríe porque le pegan a un ministro justicialista. La clase media protesta porque tiene miedo. Su voz al fin es la del pueblo. Un milagro (muy a su pesar).
* foto tomada en el barrio Norte. Charata.
martes, marzo 24, 2009
Vacío (en la memoria)
Somos solo un hueco en la memoria desprotegida.
Somos amnésicos, deambulando en el individualismo.
Somos los que no aprenden, los que siguen marchando por el bolsillo, los que no ven el hambre (si no la padecen), los que olvidan que nunca más.
Somos la ignorancia.
Y tal vez pronto dejemos de ser (algo). No estaría nada mal como castigo.
jueves, marzo 12, 2009
Todo
"Lo único que me encanta es la música. El resto es pura mierda. El tipo de
mierda que la fama atrae es muy oscura. Es muy oscura. Me gusta la música, eso
es todo."Van Morrison
viernes, marzo 06, 2009
Una noche
Se sentía un poco incómodo, con el cuello demasiado inclinado hacia adelante. La frazada doblada en ocho no estaba resultando todo lo placentera que habían pensado, entonces intentó correrla de ahí abajo de la almohada. Sus brazos se bamboleaban sobre sus espaldas. Era un movimiento que, sin ayuda, resultaba imposible.
Trató de acomodarse, pero la herida en el abdomen lo paralizó. Hizo un gesto de dolor, aunque hubiese gritado, si no fuera por los demás. Miró a un lado y volvió a ver el cartel: "Por favor no escriba ni escupa las paredes".
Cerró los ojos y atravesó el último esfuerzo por sentirse bien.
Después escuchó que las luces del hospital se apagaban. Que solo quedaba un grito flotando por ahí. Y el ruido del ventilador girando lentamente.
Trató de acomodarse, pero la herida en el abdomen lo paralizó. Hizo un gesto de dolor, aunque hubiese gritado, si no fuera por los demás. Miró a un lado y volvió a ver el cartel: "Por favor no escriba ni escupa las paredes".
Cerró los ojos y atravesó el último esfuerzo por sentirse bien.
Después escuchó que las luces del hospital se apagaban. Que solo quedaba un grito flotando por ahí. Y el ruido del ventilador girando lentamente.
sábado, febrero 21, 2009
jueves, febrero 12, 2009
Una especie de asfixia
Es como intentar sacarte un sweater apretado, o por la manga, como el personaje del cuento de Cortázar. Es esa especie de asfixia, de inmovilidad, en los sueños pesados, en los sueños de los sueños, cuando creés que estás despierto y tu cuerpo no reacciona, y querés erguirte y tus sienes arden en un recuerdo. Y te ves como desde afuera (una vez, una amiga me dijo que tu alma sale de su cuerpo cuando te pasa eso). O más bien al revés, atrapado por vos mismo.
Es una rueda que no para de girar pero en el aire, el ruido del camión todos los días, a la misma hora, la voz de tu jefe.
¿Hacia dónde irán las historias tristes?
Es una rueda que no para de girar pero en el aire, el ruido del camión todos los días, a la misma hora, la voz de tu jefe.
¿Hacia dónde irán las historias tristes?
martes, febrero 10, 2009
Palabras salvajes
"El lumpenismo: enfermedad infantil del intelectual".
"Ojos que no ven, corazón que no piensa, vivir en la ignorancia casi casi es como vivir en la felicidad".
Jacinto Requena, café Quito, calle Bucarelli, México DF, noviembre de 1976.
"No se puede vivir desesperado toda una vida, el cuerpo termina doblegándose, el dolor termina haciéndose insoportable, la lucidez se escapa en grandes chorros fríos".
Joaquín Fon, Clínica de Salud Mental El Reposo, camino del Desierto de los Leones, en las afueras de México DF, enero de 1977.
"Ojos que no ven, corazón que no piensa, vivir en la ignorancia casi casi es como vivir en la felicidad".
Jacinto Requena, café Quito, calle Bucarelli, México DF, noviembre de 1976.
"No se puede vivir desesperado toda una vida, el cuerpo termina doblegándose, el dolor termina haciéndose insoportable, la lucidez se escapa en grandes chorros fríos".
Joaquín Fon, Clínica de Salud Mental El Reposo, camino del Desierto de los Leones, en las afueras de México DF, enero de 1977.
Roberto Bolaño, Los detectives salvajes.

jueves, enero 29, 2009
Cara conocida (cuarta crónica del Este)
Lo que me llamó la atención fue la belleza de la rubia. Estaba sentada en una mesa en la vereda, mirando hacia la calle. Se parecía mucho a Uma Thurman, eso hacía inevitable la mirada. A él lo vi inmediatamente después. Los hombres observamos a los hombres que están con las mujeres atractivas, sabemos que es muy probable que nos llevemos alguna sorpresa. Y más en Punta del Este. Y ahí estaba él, a punto de morder un chivito sostenido firmemente por sus dos manos, con la boca abierta, el pelo engominado tirado para atrás y esa barba de siempre, aunque más canosa de lo que la recordaba.
Me frené, tuve el impulso de decirle algo. Busqué a su alrededor si alguien había notado esa presencia. Pero todo parecía como siempre. Al fin y al cabo, en La Barra están todos en la misma. Lo miré, traté de forzar que me vea, pero nada. Entonces seguí camino hacia mi coche.
Subí, arranqué y volví hacia esa vereda. Cuando lo tuve enfrente, bajé la ventanilla. No soportaba la idea de irme de ahí sin que él se fuera con un recuerdo mío.
Entonces le grité su apellido. No me escuchaba. Grité más fuerte. Atrás mío, algunos autos tocaban bocina, a los costados, la gente me miraba más a mí que a él. Seguí gritando, ya con una insistencia casi psicótica, hasta que me vio. Abandonó el diálogo con alguien que estaba parado al lado suyo y levantó el brazo para saludarme. Sonreía amablemente.
"La concha de tu madre, ladrón hijo de mil putas", le grité con medio cuerpo afuera del auto, pero sin borrar el gesto victorioso y cordial de mi cara.
Su sonrisa empezó a marchitarse y sólo atinaba a asentir lentamente con la cabeza. Ni miró a los costados. Yo sí, y ví que algunos me miraban y se reían.
"Este hijo de puta arruinó al país", les recordé. Y enseguida volví a él, que seguía observándome con el chivito en la mano: "La concha de tu madre, hijo de puta. Hacete un orto nuevo, Manzano, ladrón hijo de puta".
Después me fui. Las bocinas ya eran un poco insoportables.
Me frené, tuve el impulso de decirle algo. Busqué a su alrededor si alguien había notado esa presencia. Pero todo parecía como siempre. Al fin y al cabo, en La Barra están todos en la misma. Lo miré, traté de forzar que me vea, pero nada. Entonces seguí camino hacia mi coche.
Subí, arranqué y volví hacia esa vereda. Cuando lo tuve enfrente, bajé la ventanilla. No soportaba la idea de irme de ahí sin que él se fuera con un recuerdo mío.
Entonces le grité su apellido. No me escuchaba. Grité más fuerte. Atrás mío, algunos autos tocaban bocina, a los costados, la gente me miraba más a mí que a él. Seguí gritando, ya con una insistencia casi psicótica, hasta que me vio. Abandonó el diálogo con alguien que estaba parado al lado suyo y levantó el brazo para saludarme. Sonreía amablemente.
"La concha de tu madre, ladrón hijo de mil putas", le grité con medio cuerpo afuera del auto, pero sin borrar el gesto victorioso y cordial de mi cara.
Su sonrisa empezó a marchitarse y sólo atinaba a asentir lentamente con la cabeza. Ni miró a los costados. Yo sí, y ví que algunos me miraban y se reían.
"Este hijo de puta arruinó al país", les recordé. Y enseguida volví a él, que seguía observándome con el chivito en la mano: "La concha de tu madre, hijo de puta. Hacete un orto nuevo, Manzano, ladrón hijo de puta".
Después me fui. Las bocinas ya eran un poco insoportables.
jueves, enero 15, 2009
domingo, enero 11, 2009
Seres (segunda crónica del Este)
Alan Faena. Gustavo Cerati. Mauricio Macri. Julieta Ortega. Marcela Tynaire. Luciano Benetton. Susana Giménez. Gaby Alvarez. Nicole Neumann. Roberto Giordano. Benjamin Biolai. Carlos Pedro Blaquier. Tete Coustarot. Gastón Gaudio. Pancho Dotto. Nicolás Repetto. Shakira. Dolores Barreiro. El dueño del Porsche. Pampita. Andrés Calamaro. Ricky Sarkani. Francis Malmann. Marcelo Tinelli.
Viven enero en Punta del Este. Y todos los demás aquí quieren ser como ellos. Es todo lo que importa.
Pero Raúl no es así. Anda en un micro que compró y que transformó en casa rodante. Vive en Rosario y duerme la siesta en su colectivo. Hace 25 años que viene al Este y se instala sobre el final de La Brava. Adora viajar. Su primer viaje de mochilero fue a los 13. Dice que recorrió 300 mil kilómetros. Sacamos la cuenta, como no sé cuántas vueltas alrededor del mundo. Acá mira el amanecer todos los días y hoy me contó que cuando llegó, el 20 de diciembre, el sol salía a las 6.25 y que ahora ya lo hace siete y veinte. Después baja la persiana y sigue durmiendo. Es arquitecto, y hace unos asados delirantes. Los probé hoy. Viaja con su parrilla, bautizada "La encontrada". Y también viaja con su mujer, Yenny, que casi no habla y tiene los ojos chinitos y várices en las piernas y adora recortar diarios y revistas y armar historias con chistes ingenuos sobre sus amigos. Y se los regala en unos de esos asadazos que hace Raúl. Y que hoy probé: cordero deshuesado, cebollas, morrones, papa dulce y choclo asados, vino y gaseosa sabor mandarina.
También estaba León, un perro uruguayo. Y otros colegas "casilleros". Todos caen al mismo lugar todos los eneros. Algunos desde hace 41 años, otro desde hace 10. Nadie es nuevo. Y como buenos vecinos esperan todo el año para verse y comer ese asado de Raúl. Coco es de Carmelo, es uruguayo y es muy gracioso y también, como Raúl, armó él mismo su casa rodante que se llama "Mi objetivo". Sobre la cama de Coco hay una foto de su hijo, que se murió y que los acompaña en cada viaje. Coco cambia un poco. Y cuenta que los amaneceres lo hacen llorar todas las mañanas, porque son la esperanza. Los prefiere antes que el atardecer, que para él es como el fin. Abajo del micro sirve helado Romina, la otra hija de Coco, constructor de barcos, docente, pelado y dueño de León. Coco cuenta la historia de Piter, otro colega casillero que tiene dientes de oro y al que ya le pidió que avise cuando va a morir así se los saca. Dice Coco que Piter te vende una botella de vino vacía porque sirve pa llenarla. Y viaja con gallos y gallinas.
Las bromas sobre la muerte aumentan con los años. Y ninguno de ellos, salvo Romina y su novio Edgardo tiene menos de 50.
Raúl toca el acordeón y se queda callado de a ratos. Apenas termina el asado agarra el fuelle y emprende un viaje hermoso por el Kilómetro 11. Chamamé en Punta del Este. Después hace silencio y vuelve a esos mundos que tendrá. Entonces se para y acaricia el rostro de su hija, de oreja a oreja. Ella lo mira y lo perfora. No puede decir nada, ni moverse, ni nada, ni siquiera reaccionar más que mirarlo y perforarlo. Raúl le da un beso en la frente.
Viven enero en Punta del Este. Y todos los demás aquí quieren ser como ellos. Es todo lo que importa.
Pero Raúl no es así. Anda en un micro que compró y que transformó en casa rodante. Vive en Rosario y duerme la siesta en su colectivo. Hace 25 años que viene al Este y se instala sobre el final de La Brava. Adora viajar. Su primer viaje de mochilero fue a los 13. Dice que recorrió 300 mil kilómetros. Sacamos la cuenta, como no sé cuántas vueltas alrededor del mundo. Acá mira el amanecer todos los días y hoy me contó que cuando llegó, el 20 de diciembre, el sol salía a las 6.25 y que ahora ya lo hace siete y veinte. Después baja la persiana y sigue durmiendo. Es arquitecto, y hace unos asados delirantes. Los probé hoy. Viaja con su parrilla, bautizada "La encontrada". Y también viaja con su mujer, Yenny, que casi no habla y tiene los ojos chinitos y várices en las piernas y adora recortar diarios y revistas y armar historias con chistes ingenuos sobre sus amigos. Y se los regala en unos de esos asadazos que hace Raúl. Y que hoy probé: cordero deshuesado, cebollas, morrones, papa dulce y choclo asados, vino y gaseosa sabor mandarina.
También estaba León, un perro uruguayo. Y otros colegas "casilleros". Todos caen al mismo lugar todos los eneros. Algunos desde hace 41 años, otro desde hace 10. Nadie es nuevo. Y como buenos vecinos esperan todo el año para verse y comer ese asado de Raúl. Coco es de Carmelo, es uruguayo y es muy gracioso y también, como Raúl, armó él mismo su casa rodante que se llama "Mi objetivo". Sobre la cama de Coco hay una foto de su hijo, que se murió y que los acompaña en cada viaje. Coco cambia un poco. Y cuenta que los amaneceres lo hacen llorar todas las mañanas, porque son la esperanza. Los prefiere antes que el atardecer, que para él es como el fin. Abajo del micro sirve helado Romina, la otra hija de Coco, constructor de barcos, docente, pelado y dueño de León. Coco cuenta la historia de Piter, otro colega casillero que tiene dientes de oro y al que ya le pidió que avise cuando va a morir así se los saca. Dice Coco que Piter te vende una botella de vino vacía porque sirve pa llenarla. Y viaja con gallos y gallinas.
Las bromas sobre la muerte aumentan con los años. Y ninguno de ellos, salvo Romina y su novio Edgardo tiene menos de 50.
Raúl toca el acordeón y se queda callado de a ratos. Apenas termina el asado agarra el fuelle y emprende un viaje hermoso por el Kilómetro 11. Chamamé en Punta del Este. Después hace silencio y vuelve a esos mundos que tendrá. Entonces se para y acaricia el rostro de su hija, de oreja a oreja. Ella lo mira y lo perfora. No puede decir nada, ni moverse, ni nada, ni siquiera reaccionar más que mirarlo y perforarlo. Raúl le da un beso en la frente.
miércoles, enero 07, 2009
Sentido común del taxista oriental
-¿Puedo ir adelante en el taxi?
-¿Y cómo no va a poder ir?
-¿Tiene aire el auto?
-Cuando baja las ventanillas.
-¿Me lleva al Awa? (pide el turista al taxista, por un hotel)
-¿Se va a meter?
"Yo siempre digo: no manejas tú, manejan los otros" (reflexión para no salir la noche de Año Nuevo en Punta del Este)
-¿Y cómo no va a poder ir?
-¿Tiene aire el auto?
-Cuando baja las ventanillas.
-¿Me lleva al Awa? (pide el turista al taxista, por un hotel)
-¿Se va a meter?
"Yo siempre digo: no manejas tú, manejan los otros" (reflexión para no salir la noche de Año Nuevo en Punta del Este)
miércoles, diciembre 31, 2008
Añoranza de cuerpo de agua
Todo lo que añoraba era volver a ese cuerpo. Aquella noche, las luces acuáticas tornaban del azul al verde, y después al amarillo. Con movimientos tenues, protegidas en el silencio de la profundidad, sus formas veladas lo esperaron y lo abrazaron al fin con sus piernas.
Era todo lo que extrañaba. Volver allí.
Era todo lo que extrañaba. Volver allí.
lunes, diciembre 29, 2008
Primera crónica del Este
Como el espacio reservado para mis textos laborales no contempla la amplitud total de la mirada sobre Punta del Este, aquí intentaré presentarles lo que allá no puedo contar. Si se aburren avisen, y paro.
Los aeropuertos, dada su condición de no-lugar, tienen entre las cualidades que más me atraen que uno empieza a estar en el lugar de destino ya en la sala de embarque. En este caso, esa cualidad tuvo su connotación negativa: mi destino era Punta del Este, ese balneario que de uruguayo sólo tiene su ubicación geopolítica.
Como llegué temprano al Aeroparque tuve tiempo de relevar algunas cuestiones. Por ejemplo: de todos los viajes que hice (incluidos los europeos) jamás midió tan alta la densidad de población de pechos con siliconas (en las mujeres). Si a esa característica se le suma que el 90% de sus dueñas lucían en sus cabelleras una tintura casi de platino, empezaríamos a hablar de un record notable. La uniformización, de todos modos, no sólo incluyó este estilo de mujer. El estereotipo corría para casi todos: por ejemplo, las ancianas parecían todas clones de Barbara Bush (la madre del demonio): con sus saquitos claros y su pelo tieso por el spray y su collar de perlas (a propósito de las perlas, invito a todos a sospechar de cualquier mujer que las lleve como aros).
En eso pensaba mientras estaba sentado en un sobrepiso del micro que te lleva de la sala de embarque al avión. Como tardaba en arrancar, me puse a leer a Levrero, escritor uruguayo que prefería Colonia a Punta:
"También desvía mi atención el recuerdo de un sorprendente descubrimiento que realicé ayer de tarde, durante la siesta: descubrí que me desagrada profundamente el estado de relajación --especialmente cuando viene acompañado de una notable paz mental."
Antes de que arrancara tuve la posibilidad de dejar por un rato a Levrero y mirar cómo se iba llenando el ómnibus: parecía como si todo fuera ordenado deliberadamente; primero los rioplatenses, después los brasileños y brasileñas (incluidas dos modelitos, una de ellas abrazada a un cincuentón argentino con el buzo anudado a su espalda), y finalmente los europeos. En el medio, una parejita subió con su beba, de modo que cedí mi asiento entre comillas a la madre y a su hija. No me costó demasiado notar que tanto la chomba de la madre como el enterito y las medias de la beba (de meses) eran todos de esa marca Tommy Hilfigher. Igual a Mar del Plata, pensé en un momento de lucidez. Entonces me paré y quedé al lado de dos rubias platinadas vestidas como en Champs Elysees. Ya vuelto a las hojas de Levrero, una luz potente, incómoda y perfectamente dirigida a mi ojo izquierdo me impidió la lectura, y hasta me lastimó. Algo me encandilaba. Y ese algo era la chapita de la marca de la cartera de la rubia de al lado mío: Louis Vuitton.
Entonces me divertí con un jueguito: contar cuánto tiempo me duraba literalmente el sello de la marca en mi retina. Al cerrar los ojos seguí viendo esa chapa por casi un minuto y medio. No fue tan fuerte como la experiencia de mi hermano, que por mirar un eclispe, le quedó pasa siempre el medio sol que tanto disfrutó una tarde gesellina hace muchos años.
Después subí al avión y ya todo fue como siempre. Terminé a Levrero y volví a la Puna con Tizón. El vuelo es tan corto que no llegué a quedarme dormido. Aterrizamos. Todos, como siempre, nos paramos presas de la ansiedad (todos prendimos nuestros celulares antes de desabrocharnos el cinturón de seguridad). La fila estaba quieta, pero el señor gordo que estaba detrás mío no se dio cuenta, así que me empujó. Inmediatamente me pidió unas educadas disculpas, con la voz y con una palmada en mi brazo, que me permitió leer la frase impresa en su anillo plateado. Su anular me preguntaba: "¿Todo pasa?".
viernes, diciembre 26, 2008
jueves, diciembre 18, 2008
Piedras, o balas
Recién abrí el diario El País de Madrid. Siempre voy directo, antes que nada, a ver si El Roto publicó. Y qué publicó.
El diario de hoy por suerte tenía la buena noticia de incluir uno de sus mensajes (chistes, desde luego que no son, y por algo están en la página Opinión). En su clásico estilo carbonilla, un hombre de espaldas al lector, con mil manos, lanza piedras. La leyenda, siempre breve, de El Roto, dice arriba: "En los bolsillos vacíos se forman piedras".
Y yo pienso en el gobernador Scioli y su "eficaz" idea de bajar la edad de imputabilidad, en Brian, el chico preso acusado de matar al ingeniero Barrenechea, que las maestras y todo su barrio (y su abogada, mi amiga Florencia) defienden porque saben. Pienso en mi barrio, en Sarandí, y en los pibes que fuman paco en sus esquinas. Pienso en TN alertándonos de otro asalto seguido de muerte. Veo la tapa de los diarios. Veo la catástrofe. Pienso en los pibes que conocí en la sombra del penal de Ezeiza, en sus marcas de las balas en el cuerpo, en sus zapatillas de 200 dólares. Recuerdo el hambre de los pasillos de Villa Tranquila, a diez minutos de la Rosada (el hambre de ser alguien, que se entienda).
Pienso. Recuerdo. Veo.
Por estos lugares del sur (del sur), en los bolsillos vacíos se forman piedras. Y también se forman balas. Y víctimas. Y asesinos inocentes.
Se forma, en definitiva, esta Argentina del ocaso.
El diario de hoy por suerte tenía la buena noticia de incluir uno de sus mensajes (chistes, desde luego que no son, y por algo están en la página Opinión). En su clásico estilo carbonilla, un hombre de espaldas al lector, con mil manos, lanza piedras. La leyenda, siempre breve, de El Roto, dice arriba: "En los bolsillos vacíos se forman piedras".
Y yo pienso en el gobernador Scioli y su "eficaz" idea de bajar la edad de imputabilidad, en Brian, el chico preso acusado de matar al ingeniero Barrenechea, que las maestras y todo su barrio (y su abogada, mi amiga Florencia) defienden porque saben. Pienso en mi barrio, en Sarandí, y en los pibes que fuman paco en sus esquinas. Pienso en TN alertándonos de otro asalto seguido de muerte. Veo la tapa de los diarios. Veo la catástrofe. Pienso en los pibes que conocí en la sombra del penal de Ezeiza, en sus marcas de las balas en el cuerpo, en sus zapatillas de 200 dólares. Recuerdo el hambre de los pasillos de Villa Tranquila, a diez minutos de la Rosada (el hambre de ser alguien, que se entienda).
Pienso. Recuerdo. Veo.
Por estos lugares del sur (del sur), en los bolsillos vacíos se forman piedras. Y también se forman balas. Y víctimas. Y asesinos inocentes.
Se forma, en definitiva, esta Argentina del ocaso.
lunes, noviembre 24, 2008
Presencias
"Uno vive, y piensa, siempre en función de otra persona que por lo general no está presente y que, por lo general, nunca puede saberse con certeza cuándo va a estarlo".
Mario Levrero. El discurso vacío.
domingo, noviembre 16, 2008
Sobre las letras de su nombre
Recién se dio cuenta de lo sucedido cuando despegó la yema del dedo de la hoja del libro que leía. Debajo estaba la pequeña hormiga, aplastada, tapando justamente la mitad de la palabra hormiga, como si en efecto la intención hubiese sido fundir los hechos y las letras, el presente y el infinito: lo real y todo lo demás.
martes, noviembre 11, 2008
viernes, noviembre 07, 2008
lunes, noviembre 03, 2008
Voces y sombras
Uno venía del sol, a la deriva. Esa mañana incandescente los cruzó la casualidad en una esquina. El otro, más viejo, estaba parado sobre el cordón de la vereda. Sus anteojos oscuros apuntaban al semáforo.
Los dos querían cruzar. Así que atravesaron la calle juntos, del brazo. El hombre de los anteojos venía de laburar, le dijo, y de comprar unas cosas. El otro le contó que estaba paseando. Explicarle que venía del sol era descortés y paradójico.
Las cosas que había comprado el más viejo eran dos varillas de metal. Pero su trabajo era otro, restaurando libros: lo hacía de manera independiente y también como empleado de una especie de empresa que se dedica a pasarle cola a los viejos libros vencidos por el tiempo y los lectores. "Y a mí encima me encantan los libros viejos", se apuró a aclarar. "Compré las dos varillas porque mi bastón se rompe muy seguido. No lo rompen las veredas, sino la gente". Entonces el hombre de los anteojos le contó al otro que lo llevan por delante, que lo pisan y que nunca le piden perdón.
"¿Me acompañás hasta Pueyrredón y French?". El viejo le preguntó al otro que, como venía del sol, aceptó. Entonces su compañero le explicó que ya no podía comprar bastones nuevos cada vez que una chica hablando por teléfono se lo rompía en la calle. "Ahora los armo yo porque antes salían baratos pero, viste, se hace difícil comprarte seis bastones en un año si tu trabajo es restaurar libros". Y entonces explicó que la cola que se usa ahora es sintética y que ya no dura. Por eso se arreglan muchos y por eso muchos de los que se arreglan se vuelven a romper. "Claro", resumió el más joven pensando, seguramente, en el libro viejo de Steinbeck que acababa de comprar por 20 pesos y cuyo lomo se deshizo apenas le entregó el dinero al vendedor.
"Ya llegamos a French. Andá si querés, yo vivo acá, a media cuadra", anunció el señor del bastón. Pero el otro, el joven, no lo escuchaba. Estaba distraido, un poco absorto, un poco impresionado por la joven mujer que se acercaba a ellos corriendo. Llevaba un vestido largo azul, estaba bronceada, su pelo negro se arrastraba en el viento. Y sonreía. Le sonreía a ellos.
"Hola papi, qué lindo encontrarte", susurró rápidamente. El rostro del padre cambió. Una sonrisa extraña se abrió y le desacomodó sutilmente los anteojos. La abrazó a ella y con un apretón de manos se despidió de él.
Y el viejo se fue a su casa. A arreglar el bastón que lo ayuda a caminar entre las voces y las sombras cuando nadie lo agarra del brazo en una esquina. Cuando nadie lo ve, al ciego.
Los dos querían cruzar. Así que atravesaron la calle juntos, del brazo. El hombre de los anteojos venía de laburar, le dijo, y de comprar unas cosas. El otro le contó que estaba paseando. Explicarle que venía del sol era descortés y paradójico.
Las cosas que había comprado el más viejo eran dos varillas de metal. Pero su trabajo era otro, restaurando libros: lo hacía de manera independiente y también como empleado de una especie de empresa que se dedica a pasarle cola a los viejos libros vencidos por el tiempo y los lectores. "Y a mí encima me encantan los libros viejos", se apuró a aclarar. "Compré las dos varillas porque mi bastón se rompe muy seguido. No lo rompen las veredas, sino la gente". Entonces el hombre de los anteojos le contó al otro que lo llevan por delante, que lo pisan y que nunca le piden perdón.
"¿Me acompañás hasta Pueyrredón y French?". El viejo le preguntó al otro que, como venía del sol, aceptó. Entonces su compañero le explicó que ya no podía comprar bastones nuevos cada vez que una chica hablando por teléfono se lo rompía en la calle. "Ahora los armo yo porque antes salían baratos pero, viste, se hace difícil comprarte seis bastones en un año si tu trabajo es restaurar libros". Y entonces explicó que la cola que se usa ahora es sintética y que ya no dura. Por eso se arreglan muchos y por eso muchos de los que se arreglan se vuelven a romper. "Claro", resumió el más joven pensando, seguramente, en el libro viejo de Steinbeck que acababa de comprar por 20 pesos y cuyo lomo se deshizo apenas le entregó el dinero al vendedor.
"Ya llegamos a French. Andá si querés, yo vivo acá, a media cuadra", anunció el señor del bastón. Pero el otro, el joven, no lo escuchaba. Estaba distraido, un poco absorto, un poco impresionado por la joven mujer que se acercaba a ellos corriendo. Llevaba un vestido largo azul, estaba bronceada, su pelo negro se arrastraba en el viento. Y sonreía. Le sonreía a ellos.
"Hola papi, qué lindo encontrarte", susurró rápidamente. El rostro del padre cambió. Una sonrisa extraña se abrió y le desacomodó sutilmente los anteojos. La abrazó a ella y con un apretón de manos se despidió de él.
Y el viejo se fue a su casa. A arreglar el bastón que lo ayuda a caminar entre las voces y las sombras cuando nadie lo agarra del brazo en una esquina. Cuando nadie lo ve, al ciego.
viernes, octubre 17, 2008
Los elefantes
El viento corría frío allí cuando se dio cuenta de lo inmenso.
El viento siempre corría frío allí arriba.
El viento siempre corría frío allí arriba.
sábado, septiembre 27, 2008
Divinas consecuencias
La dueña de una santería me mira a los ojos con compasión. "¿Y vos sos creyente?". Por alrededor de nuestras palabras decenas de miles de personas arrastraban sus pies en lo que para muchos es tierra santa. Hace 25 años una señora pobre dijo que se le apareció la virgen en un sueño. Y que le volvió a aparecer varias veces más. Le daba mensajes: que construya un templo, por ejemplo.
Tardé unos segundos en responderle a la dueña de la santería porque ella y yo sabíamos la respuesta. "No", le dije sonriendo y pensando en que ese sería el límite. "A mí me salvó la vida. Y a vos también te protege, igual", me acarició un brazo mientras me miraba a los ojos con cierta compasión actuada. Después me recomendó mirar el sol a las cinco de la tarde. Si lo ves con anteojos vas a ver que tiene un velo rosa y celeste, como la Virgen, aconsejó. No lo hice, pero presté antención: muchos se encandilaban, señalaban al sol y sí, daban fe del mensaje estelar.
A San Nicolás dicen que llegaron como un millón de personas. Casi todas eran mujeres. Mujeres desesperadas por cantarle el feliz cumpleaños a la virgen. Desesperadas por pedir y agradecer. Por llorar. Y por llevarse un bidón con agua bendita que sale de 20 grifos, que es gratis y que a mí solamente me hace pensar en que tal vez esas canillas nunca se cierren. Y que en Chaco se están muriendo de sed y los milagros allí no andan sobrando.
Entonces le pregunté a una señora que se había puesto protector solar y lo tenía impregnado a una parte de su cabellera. Le pregunté por qué eran casi todas mujeres. Me dijo que porque los hombres no eran tan abiertos con sus sentimientos. Otra me miró en silencio. Eran varias. Nadie me habló de la maternidad y de la relación entre eso y el mito. Y me resultó decepcionante. La señora del protector me dio un beso con un Dios te bendiga. Detrás suyo, dos sesentonas tironeaban a los gritos de un rosario que repartía un cura con los colores de María del Rosario de San Nicolás.
Gladys Motta vive a medio metro del templo ostentoso que se levantó gracias a sus sueños. Gracias a sus sueños o a sus visiones o a sus encuentros con la divinidad, una ciudad que alguna vez fue pujante hasta que sus metalúrgicas cerraron y ya no había en qué creer (más o menos al mismo tiempo que Gladys y la Virgen tuvieron su primer capítulo) ahora vive del turismo que desata esta devoción. Los vendedores ambulantes, los restaurantes, los taxis, los artesanos, los intendentes, los curas y también los que creen, todos comen encumbrados en la fe.
Pero Gladys Motta vive en silencio. Se recluyó. Un policía me dijo que está enferma. Una vecina, que es depresiva. Otra mujer, que vive enfrente, me aseguró que Motta es una vecina más que sale a hacer las compras cuando pasa el furor de la Virgen.
Pero Gladys ya no sale. Su casa tiene la persiana baja y en la puerta hay cientos o miles de cartas que le dejan los fieles. Tal vez Gladys esté adentro, en silencio, un poco impresionada por las consecuencias.
Tardé unos segundos en responderle a la dueña de la santería porque ella y yo sabíamos la respuesta. "No", le dije sonriendo y pensando en que ese sería el límite. "A mí me salvó la vida. Y a vos también te protege, igual", me acarició un brazo mientras me miraba a los ojos con cierta compasión actuada. Después me recomendó mirar el sol a las cinco de la tarde. Si lo ves con anteojos vas a ver que tiene un velo rosa y celeste, como la Virgen, aconsejó. No lo hice, pero presté antención: muchos se encandilaban, señalaban al sol y sí, daban fe del mensaje estelar.
A San Nicolás dicen que llegaron como un millón de personas. Casi todas eran mujeres. Mujeres desesperadas por cantarle el feliz cumpleaños a la virgen. Desesperadas por pedir y agradecer. Por llorar. Y por llevarse un bidón con agua bendita que sale de 20 grifos, que es gratis y que a mí solamente me hace pensar en que tal vez esas canillas nunca se cierren. Y que en Chaco se están muriendo de sed y los milagros allí no andan sobrando.
Entonces le pregunté a una señora que se había puesto protector solar y lo tenía impregnado a una parte de su cabellera. Le pregunté por qué eran casi todas mujeres. Me dijo que porque los hombres no eran tan abiertos con sus sentimientos. Otra me miró en silencio. Eran varias. Nadie me habló de la maternidad y de la relación entre eso y el mito. Y me resultó decepcionante. La señora del protector me dio un beso con un Dios te bendiga. Detrás suyo, dos sesentonas tironeaban a los gritos de un rosario que repartía un cura con los colores de María del Rosario de San Nicolás.
Gladys Motta vive a medio metro del templo ostentoso que se levantó gracias a sus sueños. Gracias a sus sueños o a sus visiones o a sus encuentros con la divinidad, una ciudad que alguna vez fue pujante hasta que sus metalúrgicas cerraron y ya no había en qué creer (más o menos al mismo tiempo que Gladys y la Virgen tuvieron su primer capítulo) ahora vive del turismo que desata esta devoción. Los vendedores ambulantes, los restaurantes, los taxis, los artesanos, los intendentes, los curas y también los que creen, todos comen encumbrados en la fe.
Pero Gladys Motta vive en silencio. Se recluyó. Un policía me dijo que está enferma. Una vecina, que es depresiva. Otra mujer, que vive enfrente, me aseguró que Motta es una vecina más que sale a hacer las compras cuando pasa el furor de la Virgen.
Pero Gladys ya no sale. Su casa tiene la persiana baja y en la puerta hay cientos o miles de cartas que le dejan los fieles. Tal vez Gladys esté adentro, en silencio, un poco impresionada por las consecuencias.
miércoles, septiembre 17, 2008
Ego (por la ventana)
Así, de colado, hoy tuve el privilegio de descubrirme en el blog de Liniers. Un regocijo para la vanidad ver al conejito dibujado ahí, sobre mi texto.
miércoles, septiembre 10, 2008
miércoles, septiembre 03, 2008
Frases desordenadas de la Argentina oculta
"Mi experiencia de convivir con Otros, muy remotos, durante largos años me ha enseñado que la buena disposición hacia otro ser humano es esa única base que puede hacer vibrar en él la cuerda de la humanidad".
Ryszard Kapuscinski
1. Los últimos días fui devorado por la Argentina profunda. Salí de Buenos Aires en busca de contar cómo la gente vive sin agua en el Chaco, un poco para el diario (podés ver texto, un poco mejor escrito, y fotos aquí) donde escribo y otro para una investigación más interesante; una pretensión periodística, social y antropológica que imaginamos lograr con una fotógrafa amiga.
2. Chaco es un lugar estremecedor. Bastan apenas unos kilómetros afuera de Resistencia para que toda una joven y triste historia nacional duela (también duele la Villa 31, pero la lejanía te saca esa costra que la ciudad te hace crecer sobre la piel para evitar que todo, siempre, te afecte demasiado). Allí, en pueblos del sudoeste de la provincia, en los bordes, cerca de Santiago y Santa Fe, el contraste puede hacerte mal. Hay gente de una pobreza inimaginable, en sus casas de tres por tres donde viven siete, ocho, diez, sobre piso de tierra y sin agua, sin trabajo pero con dignidad.
3.También está Charata, un pueblo extraño. Bucólico, como todo por ahí. El sol se estrella y parece que no hay sombras. Hace calor y la sequía llena todo de polvo. Las camionetas sojeras (4x4 ultra lujosas) desfilan por las calles asfaltadas. La entrada a Charata impacta. Sobre cada costado están construyendo dos mansiones como nunca jamás vi, ni en San Isidro, ni en Nordelta. Se parecen menos a las casas de Punta del Este que a los palacetes del siglo XIX de Buenos Aires o París. Da asco. En una de ellas me abrió la puerta su dueño.
4.Bajo la condición de no darnos su nombre ni dejar que le saquemos fotos a él ni a su casa (enorme, fresca, entera en una manzana para él, su mujer y sus dos hijitas rubias y regordetas) empezó a hablar. Contó cómo evade impuestos, cómo arregla las "cosas" con el gobernador Capitanich, cuánto le paga a determinados periodistas (algunos de ellos pasaron delante de mi escritorio hace un rato), de la responsabilida de los agropecuarios en el clima porque desmontan el país para plantar soja, y también de cómo tira los agroquímicos y cómo estos afectan la misma agua que toman sus hijas.
5.Lo que no contó, seguramente porque no le dio la cara, es que él fue uno de los que cortó las rutas en estos 180 días de "el pueblo con el campo". El, que paga el sueldo de un jugador yanqui de basquet del equipo de Charata ("10 mil pesos nomás para el negro", me dijo).
6. En Charata entendí un poco más lo poco que le importa la pobreza a los dueños del país. Lo poco que le importa el Otro. Alguien me contó que el intendente de Río Bermejito (en el Impenetrable, donde hay una gran colonia wichi), un filonazi, llevó agua para paliar la sed en un camión atmosférico. Y el hombre que me abrió su mansión hablaba de la sequía al borde de su pileta llena. Al otro día de publicada la nota, un señor que no entiende nada me escribió un mail diciéndome que la tragedia era que los de Charata no tuvieran gas natural para calefaccionar sus piscinas. Todo eso un rato después de que un chiquito me mirara extrañado (tal vez sólo se reconociese reflejado en el lente oscuro de mis anteojos de sol) y descalzo mientras su abuelo me contaba que tomaban agua de pozo contaminada con arsénico.
7. Un poco de eso es Argentina.
jueves, agosto 14, 2008
Empújame
"La locura es como la gravedad, ¿sabes? Todo lo que hace falta es un pequeño empujón".
El Guasón.
Batman, el caballero de la noche.
Batman, el caballero de la noche.
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viernes, agosto 01, 2008
Escenas y pensamientos de estos días
Camino -obligado por la profesión- por los pasillos insoportables de la Rural. Pienso.
Leo el cartel escrito por una mujer sentada en la vereda, en Salguero y Santa Fe: "Ropa o frasadas. Estamos 20 horas. Grasias". Pienso.
Escucho a mi analista. Pienso.
Me topo en la televisión a Tinelli, y toda la catarata de frivolidad que hace pan con sus migas agrias. Pienso.
Me compro un libro de Salvatore Quasimodo. Lo abro. Leo:
"Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra
traspasado por un rayo de sol:
y enseguida anochece".
Pienso.
También pienso que hoy no tengo ganas de escribir sobre lo que pienso.
Leo el cartel escrito por una mujer sentada en la vereda, en Salguero y Santa Fe: "Ropa o frasadas. Estamos 20 horas. Grasias". Pienso.
Escucho a mi analista. Pienso.
Me topo en la televisión a Tinelli, y toda la catarata de frivolidad que hace pan con sus migas agrias. Pienso.
Me compro un libro de Salvatore Quasimodo. Lo abro. Leo:
"Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra
traspasado por un rayo de sol:
y enseguida anochece".
Pienso.
También pienso que hoy no tengo ganas de escribir sobre lo que pienso.
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