miércoles, diciembre 12, 2007

La sombra del sol y Lucas

Me vio y armó toda la secuencia en un segundo.
Empezó a mirarme a los ojos como a tres metros de mí. El sol del mediodía hacía brillar exageradamente el patio. O quizá fuera que el patio de una cárcel para menores destella al sol de esa manera. Me dijeron que hacía dos años que nadie salía. Y eso se notaba: la cara de los presos era de un tono verdoso.
El que se me acercaba tenía el gesto que tienen todos allí dentro: un rostro que no puede, jamás, ocultar el dolor; un rostro macizo, revocado. En particular, quien venía hacia mí ahora, encima, respiraba por una nariz rota. Y bastaba mirarle los párpados hinchados para confirmar que era boxeador.
Cuanto más cerca, más se parecía a Ringo Bonavena. Era no muy alto y caminaba encorvado como un hombre de piedra. Llevaba una camisa clara y debajo una musculosa negra. Un pantalón a cuadros y un par de esas zapatillas que valen como 400 pesos. Ningún pendejo, en un penal, usa zapatillas de menos de 350 pesos. Es su manera de pertenecer a una sociedad ajena.
Cuando la distancia se lo permitió estiró su brazo derecho, me miró sabiendo todo lo que significaba el gesto, con una leve sonrisa proveniente de sus ojos, y me abrazó de costado. Bien fuerte. Vamos a caminar, dale. Los detenidos caminan así, abrazados. Será una manera de reemplazar el contacto visual de paisajes en permanente mutación con el contacto del abrazo de otro que está en la misma.
Respiraba mal por la nariz, se escuchaba el ruido del aire peleando en las fosas torcidas.
Sus dedos gordos apretaban mi hombro sin intimidar. Empezamos a caminar bajo el sol, en círculos, pegados a cada una de las cuatro paredes del patio del instituto para menores.
Yo tengo 29 años. Vos? Yo tengo 29 pero vos no tenés ni 20, le dije mirándolo a los ojos, sonriendo. Bueno, tengo 19. Se reía un poco de mí.
Hay algo básico. El preso sabe quién está de cada lado. Pero así todo intentará mostrar sus garras, todas sus credenciales que se ganó por marginado, que se ganó sin querer. El preso hubiera querido ser, antes que no ser.
¿Sabés qué pasa? Yo estoy muy solo acá adentro. En un momento sentí que yo le gustaba. Fue un poco repugnante y demasiado real. También era parte del juego.
Habíamos dado dos vueltas. Apenas confesó su soledad, Lucas (ya me había dicho su nombre y su apellido) miró el culo gordo de una mujer que también estaba en el patio. Se lo chupo dos horas, escupió.
Lucas estaba ahí hacía un año y cuatro meses. No tenés algo para darme? Una cadenita, un reloj, algo. Mis brazos lucen apenas un tatuaje y unas pulseras de hilo traídas de diferentes viajes. No te podés llevar nada de acá, le mostré.
A la tercera vuelta se sacó la camisa porque hacía mucho calor y él no sentía el sol sobre su piel desde el último día que tuvo libertad (que no es lo mismo que ser libre).
Sus brazos, inflados por el trabajo con las mancuernas, estaban marcados, repletos de cicatrices gordas. Hay momentos en que los presos desesperan. La desesperación puede tener varias razones. Abstinencia, generalmente. Cuando no se cortan los brazos, se queman las piernas. Y a veces se golpean la cabeza contra las rejas.
Me quiero fugar hoy. Me bancás? Si tenés una buena idea, sí. Pero no la ves difícil? El quería que yo me aterrara, que le respondiera en serio.
Sabés cómo hago? Te saco los pelos, después la ropa, las zapatillas y tu mochila y me voy.
Tus zapatillas están mejores que las mías. No pierdas tiempo. Además, todo eso no es suficiente, le respondí, riendo.
Y con esto? Del bolsillo sacó rápido un pedazo de vidrio, un espejo, del tamaño de un colgante grande. Tenía cuatro puntas filosas, parecía un rombo irregular. Logré ver su cara golpeada en el reflejo del espejo. Lo apoyó precisa y persistentemente sobre mis abdominales y me miró a los ojos. Así podemos rajar, me dijo. Después río, guardó el vidrio y seguimos caminando.

A la otra vuelta hablamos de su barrio, de sus amigos adentro. Me invitó a la casa a tomar mate cuando saliera. Después me soltó. Se fue. No me dijo ni chau.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Un texto muy heavy, eh?... Aspero, real.
Corregí rebocado, va con v.

Besos.

Fero S. dijo...

gracias, anónimo. Fue arreglado el horror. Como verás, no sé nada de albañilería...

Lucas dijo...

www.terceraroca.blogspot.com

Anónimo dijo...

Muy bueno eh, muy bueno. Saludos.

Eugenia S. dijo...

Sensacional. una forma muy particular de escribir que rompe con los esquemas cotidianos. Me gusta.