Me frené, tuve el impulso de decirle algo. Busqué a su alrededor si alguien había notado esa presencia. Pero todo parecía como siempre. Al fin y al cabo, en La Barra están todos en la misma. Lo miré, traté de forzar que me vea, pero nada. Entonces seguí camino hacia mi coche.
Subí, arranqué y volví hacia esa vereda. Cuando lo tuve enfrente, bajé la ventanilla. No soportaba la idea de irme de ahí sin que él se fuera con un recuerdo mío.
Entonces le grité su apellido. No me escuchaba. Grité más fuerte. Atrás mío, algunos autos tocaban bocina, a los costados, la gente me miraba más a mí que a él. Seguí gritando, ya con una insistencia casi psicótica, hasta que me vio. Abandonó el diálogo con alguien que estaba parado al lado suyo y levantó el brazo para saludarme. Sonreía amablemente.
"La concha de tu madre, ladrón hijo de mil putas", le grité con medio cuerpo afuera del auto, pero sin borrar el gesto victorioso y cordial de mi cara.
Su sonrisa empezó a marchitarse y sólo atinaba a asentir lentamente con la cabeza. Ni miró a los costados. Yo sí, y ví que algunos me miraban y se reían.
"Este hijo de puta arruinó al país", les recordé. Y enseguida volví a él, que seguía observándome con el chivito en la mano: "La concha de tu madre, hijo de puta. Hacete un orto nuevo, Manzano, ladrón hijo de puta".
Después me fui. Las bocinas ya eran un poco insoportables.