martes, noviembre 07, 2006

Los domingos

1. Hace muy poco tiempo que aprendí a caminar los domingos. Tal vez como un ejercicio a través del cual, cada paso es un abrazo a uno mismo. Mirar la ciudad un domingo, mientras la atravesás, tiene ese juego paradójico en el que la melancolía te hace un poco feliz.

2. También está la luz. Veo al mundo, los domingos, como si mis ojos estuvieran recubiertos por un papel naranja, o rojo, o color miel. “Encuentro los contrastes y a veces me parece que estoy loca”, me dijo, salvándome los ojos. Supongo que a mí me pasa eso.

3. Y hoy caminé a través del domingo, nuevamente. Volví a mi casa antes de que se terminara el día, bajo esa lumbre de papel de celofán anaranjado, con el sol de frente, midiendo mis pasos de acuerdo a los del día.

4. Es que hay momentos en los que tengo la certeza de que el domingo se termina cuando se cae el sol. Porque el sol no se va: se cae. Con ruido. Tal vez el domingo dure un ocaso (en verano la agonía es más larga, al menos).

5. Y mientras tanto pensé: la mala fama del domingo debería llevarla el lunes.

6. Salvo cuando llueve.

5 comentarios:

la devin dijo...

Oui, vous êtes joli.

Anónimo dijo...

Tras mucho padecer los domingos llegué a la conclusión que en un primer momento fue hipótesis: la convención humana hace que el domingo sea triste, que nosotros nos sintamos vacíos. Entonces, ¿qué hacemos? Anestecíemonos y no miremos nuestra autoflagelación.

Anónimo dijo...

creo, las particularidades de los días empezaron a surgir cuando les pusieron nombre. domingo es nombre de viejo, de prócer pelado. de abuelo.

el domingo es, además, el día libre. y puta, nadie sale a la calle. a los hombres nos disgusta, parece, tener plena libertad.

otra duda: nunca supe bien si el domingo es el séptimo día de la semana o el primero.

por último, el domingo termina cuando cae el sol, eso es muy cierto.

punchi

Sebolla y Queso dijo...

Y de Peringo no vas a decir nada?

Anónimo dijo...

Mi artista se levanta de la cama y se marcha portando con elegancia sus pechos rebosantes, rozagantes, perpetuos y cruciales, enfilando directamente hacia el baño. Yo, todavía conmocionado con el cuerpo que escapa y se viste, me tomo la cabeza, refriego los pelos con mis manos y busco algún tipo de resignación. Vanamente intento resignarme, pero pienso entonces que no tengo escapatoria: con lentitud de relojero tomo las medias hechas un bollo al costado de la cama y comienzo a ponérmelas.
Pero entonces...
Pero entonces surge una pregunta: ¿Hoy es domingo? Y ella desde el baño responde: "Sí, ya son las seis de la mañana".
"Ah".
Eso es el domingo. Una mezcla de desconcierto, resignación, amargura, bollos de ropa tirados en cualquier lugar y la certeza de que lo que se está yendo no vuelve más.